Los intangibles del 2015

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Problema: los presidenciables parecen ya haber identificado la querella fundamental del 2015: cambio o continuidad. Ambos son activos intangibles, es decir, una idea, una creencia o un saber que se promete al electorado. No obstante, al haber tres presidenciables con similares chances, la polarización obvia reclama que complejicemos el escenario mediante una clasificación diferente, menos refractaria de la década pasada, cuyo gran anatema fue en definitiva aquel “Cambio es el nombre del futuro” de Néstor Kirchner, vertido el 25 de mayo de 2003. Y si, en efecto, ¿las fórmulas que combinan los intangibles opuestos cambio y continuidad en realidad pudieran ser referidas a tres intangibles distintos, aunque complementarios, que partieran de esencializar lo que cada presidenciable propone por sí mismo? Antes de ello, veamos qué ecuación cambio/continuidad proponen hasta ahora los presidenciables.

Macri, el boticario de la contuinuidad. A Mauricio Macri le cuesta poco monopolizar el cambio puro, pero si pretende ser opción nacional en este turno y constituirse como fuerza mayoritaria, debe arrimarse a un centro que supondrá abrirle la compuerta a la continuidad: con el sistema político (radicales y peronistas), con la política (pactos y pragmatismo) y con la década kirchnerista (usos y costumbres). Quizá la única forma de hacerlo sin diluir esa identificación de largo aliento con el cambio (la nueva política) sea reinventarse como un administrador de las dosis necesarias del veneno de la continuidad, sabiendo que en buenas dosis el veneno salva al paciente. Las últimas fotos de radicales con Massa hacen pensar que Macri ha preferido cortarse solo en el cambio, algo que creemos se asimila a guardarse en una zona de confort y entropía que sólo sirve si finalmente decide volver a bajarse.

Massa, el botánico de la continuidad. Sergio Massa no puede permitirse que Macri se apropie de la energía del cambio, a la vez que debe domesticar la continuidad que necesariamente representa, por haber formado parte del gobierno kirchnerista y por ser un producto de dicha experiencia. La imagen es la de un jardinero fiel, pero a su propia huerta, sembrando un cambio cuyo sistema de riego exuda continuidad. Dispuesto a mantener un peronismo bonzai si los gobernadores no apuran una definición que estima inevitable, Massa podría cambiar el pie de apoyo y recostarse más sobre el cambio que ofrecen los radicales. De todos modos, este dilema de intangibles bipolares se ha mostrado problemático esencialmente para él, el único que no tiene demanda cautiva ya en el cambio ya en la continuidad. Aunque ha intentado apalancarse en esa fórmula que cambia lo malo y mejora lo bueno, concentra la mayor parte del riesgo y la gimnasia de cambiar el pie de apoyo puede encontrarlo mal parado.

Scioli, el adjetivador de la continuidad. Cuando Daniel Scioli eligió quedarse en el FPV en 2013, eligió también mostrarse como el garante de la continuidad. Pero no es cualquier continuidad, es una continuidad apasionada, que reprime el cambio (rechazando la ruptura) y lo convierte en licencia para maximizar el proyecto original, el kirchnerista hoy y el peronista mañana, de acuerdo a una libre interpretación cuya originalidad todavía no se avizora. En el exceso de castidad, promete, yace el derrame. Esa alquimia no durará por siempre, pues aquella continuidad afectada, llave de la acumulación originaria naranja, sirve más hacia dentro que hacia fuera. El dilema sólo será real, sin embargo, cuando rompa, y sólo si rompe. En ese caso, deberá demostrar que el gesto de la ruptura consuma en sí mismo la energía del cambio.

Resumiendo, este dilema cambio/continuidad sólo le sirve por ahora a quien en el futuro más lo complicará: Massa. Los radicales tienen una función específica que cumplir en dicho dilema, no obstante: agregarle cambio a la continuidad massista y continuidad al cambio macrista. Que esta dosis de radicalismo tercerizado es necesaria para darle algo de contenido a este dilema inocuo de cambio-continuidad lo prueba esta columna dominical, precisamente por el empeño que pone en decir que también Scioli incorporaría una dosis propia para agregarle cambio a su continuidad. Preferimos otro criterio.

Hipótesis. En 2015 estarán en juego tres activos intangibles: proyecto, liderazgo y concilio. El candidato que logre materializar alrededor suyo a los tres vectores, logrará consolidar la mejor fórmula cambio/continuidad, ya no como reflejo de la década que pasa, sino como promesa de la que viene. Cada uno de los tres candidatos con chances de convertirse en presidente materializa, hasta ahora, sólo uno de dichos intangibles. Macri el proyecto, Massa el liderazgo, Scioli el concilio.

No se trata aquí de señalar que cada uno vaya a garantizar esa variable, solamente se trata de señalar cuál es el intangible que cada uno ofrece. Tampoco se trata de juzgar la calidad del proyecto macrista, del liderazgo massista, del concilio sciolista, algo que desde luego puede y debe hacerse, pero que queda para una eventual reflexión. Es decir, se trata por ahora de distinguir qué promesa, cada uno de los presidenciables, quiere vectorizar o parece vectorizar, de modo que efectivamente podamos identificar el modo singular mediante el cual cada uno de ellos se ha diferenciando, empaquetando, en torno a la promesa de un fin en sí mismo, sus universos de defectos, omisiones y hasta virtudes particulares. Estos intangibles refieren a sus agendas políticas, por supuesto, pero no se desprenden de ellas, sino de las características y atributos personales de los presidenciables.

Macri vende/ofrece/promete proyecto, quieran o no quieran aceptarlo los peronistas. Su Fundación Pensar no vale tanto por lo que propone como por el lugar que tiene en la propuesta macrista. El amarillo y negro combina metrobuses y trenes, Chinas y Estados Unidos, salarios bajos e inversiones, aperturas y emprendedorismos. El Pro lleva una década poniendo el proyecto de un modelo de gestión vinculado al gerenciamiento empresario por encima de un proyecto político, pero sigue siendo un proyecto. Sólo un liderazgo consolidado puede salvar la contradicción entre la dimensión afirmativa del proyecto macrista (el definirse por lo que al fin quiere ser) y el fetiche negacionista que asocia la nueva política a la invisibilización de lo político (el definirse por lo que ya no quiere ser). Por algo los esfuerzos de Macri son por mostrarse como un líder, algo que por ahora no es. Su paso del gerenciamiento, del buen gestor al buen dirigente político, todavía está a prueba. Si bien parece atender que tiene un déficit en liderazgo, trabaja solamente lo gestual para equilibrar la balanza, mientras que poco parece convencer su capacidad de negociación política, fundamental en la Argentina que viene. El rojo en materia de concilio le es por el contrario del todo indiferente. En concilio, Macri defaultea, y su modo de superar el agonismo kirchnerista pareciera que supondría pasar de la alteridad que define la propia identidad al ninguneo, liso y llano, de la disidencia.

Massa vende/ofrece/promete liderazgo, quieran o no quieran aceptarlo los kirchneristas. Su liderazgo proviene de una profecía autocumplida, claro. Su lema ‘escucho a todos pero sólo yo defino la estrategia’ se articula en tres momentos de verdad, reconvertidos en axiomas, sobre los cuales construye geométricamente su garantía de confianza: “haber conocido al monstruo desde adentro”, “haber roto a tiempo” y “haber sabido hacer política desde las PASO 2013”. En la intención de polarizar con Macri como expresión de la anti-política yace el intento de vincular liderazgo y muñeca política, tándem necesario para gobernar la inflación, la calle y las paritarias sin caer en la mano dura. Su déficit en proyecto lo intenta saldar con un equipo económico que exhibe como una mezcla de intelligentsia propia con establishment simpatizante, pero se queda corto en su promesa de un nuevo desarrollismo y, arrinconado aunque con gusto en el territorio como bastión de la buena gestión, evita dar y elaborar definiciones profundas que vayan más allá del problema de la espiral inflacionaria. Su déficit en concilio, en tanto, está mucho más descuidado. El detalle de que no sea recibido por el papa Francisco somatiza lo que el bastardeo del provindencialismo sciolista en realidad significa: en concilio, Massa peca de soberbia. Sus intentos por mostrarse como el mal menor para los radicales maltratados por Macri quizá pueda ser el inicio de una propuesta para saldar este déficit.

Scioli vende/ofrece/promete concilio, y quieran o no aceptarlo kirchneristas y opositores, el concilio es un intangible fundamental. Si bien es el más difícil de vender, también es el más difícil de replicar. Por ello, consideramos pertinente desarrollar nuestra idea del conciliarismo naranja en un post distinto, el cual puede verse aquí. Para quienes no deseen visitar aquel vínculo, bastará decir que lo que llamamos “concilio” sciolista tiene dos vetas, una referida al sentido común, el concilio ecuménico que cree posible la reconciliación entre los proyectos antagónicos de Nación (continuidad y cambio, derecha e izquierda, campo e industria), y la otra referida a un sentido político, el concilio que garantiza la unidad entre las iglesias kirchnerista y peronista. Todo a la vez, al fin. En cuanto a su proyecto, Scioli parece esperar que éste emane de su concilio ecuménico, ya consolidado. El proyecto expresaría así al concilio ecuménico y no sería necesario, todavía y quizá nunca, precisar demasiado. En cuanto a la cuestión del liderazgo, apuesta a un concilio político que, todavía en construcción, bien puede derrumbarse. Creemos que Scioli sabe que el rol del sucesor natural no alcanza por sí solo, que la superación de las antinomias demanda no sólo un orden que se eleve por sobre las antinomias sino también un líder que se eleve sobre el empate hegemónico. Empaten así yo desempato, le dice entonces a sus sueños y pesadillas. La tarea ahora es ampliar la audiencia de su destino manifiesto.

En síntesis, Macri promete proyecto, mientras pretende no hacer agua en liderazgo atendiendo a una noción incompleta del rol del líder y, en cuanto a concilio, se da por satisfecho con haber formado una familia; Massa promete liderazgo, mientras que en proyecto se limita a exhibir un equipo económico de ex kirchneristas críticos y, en cuanto al concilio, pareciera resultarle contra natura, quizá porque lo interpreta como un mero acto de resignación de poder, lo cual busca equilibrar haciendo política como un poseso; y Scioli apuesta todo al concilio, su intangible preferido, la Excálibur que arrancara de la roca sagrada, y hace emanar tanto el liderazgo como el proyecto de allí, esperando el derrame. Veremos cómo hace cada uno para saldar sus correspondientes déficit de aquí a las PASO.

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