La naranja conciliarista

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Hipótesis. Si, como dijimos aquí, el intangible que el presidenciable Daniel Scioli ofrece para 2015 es el concilio, el conciliarismo naranja tiene dos vetas: una referida al sentido común, el concilio ecuménico que cree posible la reconciliación entre los proyectos antagónicos de Nación, y la otra referida a un sentido político, el concilio que unifica la iglesia peronista y la iglesia kirchnerista, lo cual supone al mismo tiempo distinguir sus mundos y proponer una concordancia. 

La primera es una variante simple del ecumenismo: la convivencia entre los polos opuestos cuya oscilación permanente desangra a la Argentina, ese provindecialismo que dice ni izquierda ni derecha, ni campo ni industria, ni cambio ni continuidad, todo a la vez, al fin. La segunda es una variante bastante más compleja, referida a una concordancia espiritual-temporal, que podremos atender mejor de vincularla con el movimiento conciliarista que tuvo lugar en Europa a fines del medioevo.

El escenario es Europa a inicios del siglo XIV. La crisis de la autoridad doctrinaria y política del papado viene alimentándose desde la célebre querella entre güelfos y gibelinos, en torno a la disputa entre los dos poderes universales por el Dominium mundi: el Pontificado, apoyado por los güelfos, y el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, apoyado por los gibelinos. Casi tres siglos más tarde, el Gran Cisma de Occidente (1378-1417) desemboca en que tres personas se atribuyen el carácter de papa (¿también entonces, tres papables?). La respuesta a la crisis es el Concilio de Constanza (1414-1418), asamblea ecuménica donde sólo la política y las negociaciones hacen posible la resolución del conflicto, con la elección de un Papa moderado, Martín V, y la postergación de la reforma de la IglesiaEl largo Concilio de Basilea (1431-1449) parte de esta base y va mucho más allá. Cuestiona que la autoridad eclesiástica tenga la última palabra en materia de legitimación del poder temporal y que el poder unipersonal del papado prime sobre el poder colegiado. A la doctrina de la plenitudo potestatis (fortalecida durante el siglo pasado mediante la Bula Unam Sanctam del Papa Bonifacio VIII, en disputa con el rey Felipe de Francia), le opone la teoría ascendente del poder, antecedente de la soberanía popular. Para la primera es la herencia de Pedro, elegido por Cristo para ser la cabeza de la Iglesia, la que demuestra la primacía papal sobre el poder temporal. Para la segunda, el Concilio, en tanto representante de la congregación de los creyentes, es superior al Papa. Entre los conciliaristas, junto a otros notables, descolla Nicolas de Cusa, para quien el mandato divino que unge a Pedro como padre de la Iglesia es garantizar la unión de la Iglesia, pues la Iglesia no es otra cosa que la unitas fidelium (vease aquí). Aunque en un inicio es uno de sus mejores defensores, Cusa termina por rechazar la radicalización del conciliarismo y la idea de una supremacía colegiada. Para él, Pedro había sido elegido para garantizar la unidad entre los apóstoles y evitar la desunión y el cisma en la comunidad cristiana. Su respuesta es la Concordancia Católica, con la cual intenta balancear tanto doctrina y magisterio como los poderes políticos del concilio, del papa y del emperador, creando distintos ámbitos de competencia que, sin superponerse, se legitimen mutuamente (vease aquí y aquí). Se trata, en síntesis, de una racionalización política de la organización social de la Europa dominada por el Imperio y por la Iglesia. 

Volvamos a Scioli, porque quizá Nicolás de Cusa podría ayudarlo a Ernesto Savaglio a exprimir este dilema, el cual comenzamos aquí a reflexionar gracias a conversaciones con la filósofa Victoria Nacucchio, colaboradora de Optimus Subprime. Scioli, en esta variante compleja del concilio, también viene a reconciliar más irreconciliables. Al mismo tiempo que quiere cumplir el rol ecuménico en el plano espiritual (ser el Pedro de la Iglesia kirchnerista), pretende liderar el proceso de dominio territorial en el plano político (ser el Papa moderado del Concilio peronista). Lo interesante es que esto supone una mezcla singular entre las teorías descendente y ascendente del poder, contradictorias en todas las dimensiones salvo, quizá, en la cuadratura peronista del círculo sciolista. ¿Cómo lo logra? Atándose de manos dos veces, gesto máximo del concilio político. Anticipemos el gag facilista: “atándose la misma mano dos veces, mediante un lazo distinto cada vez”. Quizá esta segunda metáfora sea todavía más precisa, pues ante dos Iglesias distintas, la kirchnerista y la peronista, Scioli se proyecta como el presidenciable más dispuesto a ceder voluntariamente poder con tal de llegar a su cúspide, confiado en que la única fortalecida será siempre la Nación o, en todo caso, el sumo Francisco. Por un lado, en tanto heredero del kirchnerismo, siempre fiel a la conducción de CFK; por el otro, en tanto instrumento de aquellos gobernadores peronistas que promueven un Concilio más fuerte que el Ejecutivo nacional.

En una palabra: a la vez que es el candidato natural a suceder a la presidenta, preparado para ello desde siempre y a la espera de su ungimiento (teoría descendente), Scioli puede ya representar una expresión popular, tomando al peronismo como Iglesia, aunque CFK todavía no lo unja (teoría ascendente). Scioli es el heredero de Pedro, que viene a restaurar la plenitudo potestatis, pero es también el candidato de los conciliaristas, que viene a distinguir lo espiritual de lo temporal para hacerlo luego concordar, todo a la vez, al fin. Por eso Daniel Osvaldo asciende y desciende al mismo tiempo. ¿Quizá sea así que conviene leer las encuestas?

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2 thoughts on “La naranja conciliarista

  1. Rogelio 13 octubre, 2014 / 6:03 am

    Gonzalo, ACÁ mi breve comentario en El blog de Abel.

    Saludos

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