Croacia, la frontera y lo emergente

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Por Victoria Nacucchio (Desde Croacia) (https://twitter.com/victoriamoderna)

El 1 de julio de 2013 se produce la octava y última ampliación de la Unión Europea (UE). La República de Croacia, con 22 años de vida, se transforma en el 28vo socio del Estado-continente europeo. Transcurrido poco más de un año de aquel esperado suceso, y a sólo tres meses de las primeras elecciones presidenciales como miembros de la UE, no hay pasaje soviet kitsch que pueda salvar a los croatas de los dilemas de una democracia joven y periférica.

Nuestra primera hipótesis es que la obtención del pasaporte comunitario visibilizó e institucionalizó el desajuste de Croacia respecto de sus pares occidentales, evidenciando la dificultad material de desarrollar una industria nacional sustentable y exacerbando un tono espiritual que tiende hacia la romantización del comunismo. El paradigma de una sociedad compuesta de empleados públicos, propietarios de 1 o 2 ambientes y universitarios ha llegado al final de su desintegración. La apatía política de los más jóvenes, la desconfianza a la dirigencia política (social-demócrata), la llegada de empresas y marcas occidentales -acompañadas por cambios en los hábitos de producción y de consumo-, componen un escenario desconocido para los croatos, acostumbrados al monobloc, la nosnja y el pop local.

Nuestra segunda hipótesis es que los dos principales candidatos a la presidencia no dan cuenta de este desajuste.

El actual presidente, Ivo Josipovic, busca la reelección con el apoyo de la coalición social-demócrata. Proviene de la filas de la Liga Comunista Yugoslava y fue el redactor del primer estatuto del Partido Social-Demócrata (SDP). Su contrincante es Kolinda Grabar-Kitarović, principal candidata de la Coalición Democrática Croata (HDZ), una prestigiosa diplomática de la línea del controversial de Stjepan Mesic, último presidente de la República Federal Socialista de Yugoslavia y dos veces presidente de Croacia. Con un origen común y una agenda política fuertemente determinada por la UE, la diferencia entre ambos candidatos puede buscarse en un nivel estético-ideológico: mientras el actual Presidente apunta a representar un modelo humanista de ciudadano integral (fue profesor universitario y compositor musical), atento a las necesidades locales; la candidata de Mesic es la expresión de una necesaria profesionalización de la dirigencia política croata, con énfasis en las relaciones exteriores del país.

Josipovic identifica su desafío principal a nivel interno: erradicar la desigualdad social, la corrupción y las mafias que fueron propiciadas por la guerra, un programa que sintetiza su lema de campaña de 2009, “Justicia por Croacia”. Aunque el presidente se ha mostrado crítico de la intervención europea en las decisiones políticas locales, estos objetivos, bien alineados con los estipulados por la UE para regularizar la situación de Croacia ante las naciones libres del mundo (o los estándares democráticos europeos), permitieron que Josipovic fuera percibido como el líder capaz de amigar a los croatas con los derechos humanos. Sin embargo, en lo que respecta a la crisis económica, la posición de los social-demócratas es débil. Con un 20% de desempleo, que trepa al 49% entre los menores de 25 años, Croacia se convierte en la tercera impotencia de la UE después de España y Grecia. Si bien la progresiva desindustrialización de Croacia (especialmente en el sector naviero), junto a la mayor parte de las privatizaciones de empresas estatales, tuvieron lugar durante el gobierno de Mesic, Josipovic cargó con el impacto de la crisis de 2008 y ahora paga las consecuencias con la pérdida de imagen positiva en las encuestas.

Del otro lado, el siempre firme conservadurismo croata que personifica Kolinda es percibido como una alternativa segura, que asocia la liberalización de las leyes laborales y la disminución de las cargas sociales al ingreso de inversión extranjera y la generación de nuevos puestos de trabajo. Así, mientras los social demócratas se las ingenian para vender lo que queda del real estate del Estado para llegar con suficiente aire a las elecciones, los conservadores buscan reposicionar a a Croacia como una prestadora de servicios con mano de obra barata para el resto de la UE.

En este escenario, donde ninguna de las dos fuerzas predominantes en el mapa político croata habla de estrategias para el desarrollo o la industrialización, no habrá Youth Guarantee Program que pueda salvar a la dirigencia croata de las demandas de los más jóvenes. La crisis de representatividad que atraviesa a las nuevas generaciones europeas podría alimentar la emergencia de un nuevo actor político en Croacia. Las últimas encuestas señalan como favorito al ORaH, el partido para el Desarrollo Sustentable de Croacia, con casi un 18% de intención de voto. No obstante, no se trata de un partido político nuevo, como en el caso del español Podemos, sino de un desprendimiento del SDP en torno a un liderazgo, el de Mirela Holy, y una agenda concreta, la agenda verde. Líder de este nuevo movimiento que ya obtuvo una bancada en el Parlamento Europeo, Holy no sólo proviene del partido social-demócrata sino que fue ministra de Ambiente del gobierno de Josipovic, pero debió renunciar cuando salió a la luz un email suyo dirigido a un funcionario de una empresa pública, donde le solicitaba que le diera trabajo a alguien desempleado. En una Croacia donde el desempleo arrecia, quizá aquella anécdota funcione como acumulación originaria suficiente para que, sumada a una agenda política novedosa, esté en marcha una alternativa cuya evolución conviene seguir. Será igualmente determinante la manera en que Holy logre conciliar los principios ecologistas que se hallan a la base de su programa político con la repolitización de una juventud descontenta, sorteando el peligro de fogonear el ideal de “vuelta a la naturaleza” que caracterizó a los movimientos anti-sistema surgidos tras la crisis, como los Indignados y Occupy Wall Street

Nuestra tercera hipótesis es que Croacia representa para la UE un ensayo: el de sus fronteras. Al menos tres fronteras parecen contener el proyecto europeo: la del este, con Rusia, mediada por Ucrania; la del sureste, con los pueblos árabes, mediada por Turquía; y la balcánica, mediada en cierta forma por Croacia. Los tres casos son bien diferentes: Turquía parece convenirle más afuera que adentro a Bruselas, Ucrania por fuera permitía mantener un equilibrio de poder que se ha roto cuando se procuró su ingreso, y Croacia ya ha ingresado, a la espera de que la sigan sus vecinas, pues esta frontera eslava está destinada a ser absorbida.

La pregunta que el ensayo croata viene a responder, y que marca el camino para la futura incorporación de Serbia, Montenegro, Albania, Macedonia, Bosnia y Kosovo (situaciones muy distintas, desde luego) es doble. Por un lado, de qué modo los pueblos que integraron la ex Yugoslavia asimilan culturalmente el ideal occidental, democrático y cosmopolita de la UE. Por el otro lado, qué harán los pueblos de ese dilema: mejorar la competitividad europea bajando los salarios de sus trabajadores, o desplegar una agenda propia sobre la base de las oportunidades que brinda el ingreso a Europa.

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