El interés brasileño que viene y el interés regional que va

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Nota: buena parte del presente post es un anticipo de una tesis de maestría en Procesos de Integración Regional (UBA) sobre la actualidad del proceso de integración suramericano. 

Elecciones en Brasil. Los datos de los resultados electorales son tres: 1) a Dilma no le alcanzó para ganar en primera vuelta (41%) y tampoco pudo mantener el 47% alcanzado durante el primer turno de 2010; 2) Aécio Neves (casi 34%) le robó el segundo puesto a Marina Silva (21%), cuyo pacto con el diablo (O Globo, EEUU y la élite de San Pablo) se demostró tan espurio como frágil: cuando comprobaron que no le alcanzaba, como anticipó en la víspera Marcelo Falak, los medios reorientaron el voto útil hacia Aécio; y 3) aunque el resultado final es un escenario cercano al ideal para el PT, que prefería polarizar las elecciones con un candidato nítidamente conservador, la distancia con Neves (8 millones de votos) es importante pero no definitiva, por lo que la segunda vuelta está abierta. De aquí al 26 de octubre veremos entonces a un Lula protagonista, a la caza de la mitad de los votos que capturó Marina y que pueden volcarse a Dilma, lo cual supone, por un lado, seducir a quienes la década petista desempobreció pero cuyas demandas emergentes el PT todavía no logra comprender del todo, y por el otro, descifrar el enigma Marina, preguntándose si allí, antes y además de aquel pacto que la catapultó-y-sepultó, no yacía también cierto electorado desilusionado con el primer mandato Rousseff, pero todavía afín al ideario lulista.

Problema: en nuestro anterior post sobre Brasil, planteamos que no debía esperarse un gran cambio, ni a favor de Argentina si ganara Dilma Rousseff ni en contra si lo hiciera Marina Silva, que por entonces era insuflada desde los medios opositores brasileños como la esperanza blanca del Brasil post-petista. Ello a partir de una pregunta, ¿y si los mayores cambios ya han ocurrido o están en marcha ya? Aquel post, ya en sus comentarios como en posteos ajenos que generosamente nos tomaron como una opinión válida, generó interesantes observaciones sobre la profundidad de la puja política detrás de ambos liderazgos: las respuestas atinadas de Abel, de Pablo desde el camporismo y la reflexión de Luciano Chicone desde el massismo.

Supongamos que en la segunda finalmente gana Dilma, como esperamos que ocurra. La pregunta obvia es: ¿qué puede esperarse en Argentina? ¿Y si la respuesta fuera “no tanto como esperan quienes más temían la victoria de Marina, y en cambio, algo de aquello que, según las mismas voces, Marina iba a traer de haber ganado”? Si en algunos puntos coincidimos con las voces que señalan una profunda diferencia entre Dilma y Aécio Neves (antes Marina), en otros preferimos tamizar. No porque no creamos en el discurso de Dilma, o porque le seamos indiferentes a los riesgos que supone una victoria opositora, sino porque no es intención de este blog alimentar la épica propia con la ajena. Brasil no le debe servir jamás a Argentina para dejar de cambiar en todo aquello que debe cambiar. La épica es como el calcio: de infantes siempre nutre, de adultos a veces indigesta. ¿Acaso tememos que sin Dilma el legado de la IV Cumbre de las Américas de Mar del Plata en 2005 terminaría de liquidarse? En nuestra opinión, las dos condiciones que hacían ese escenario posible ya están terminadas (los liderazgos complementarios de Lula Da Silva, Néstor Kirchner y de Hugo Chávez, por un lado, y dólares suficientes en Argentina y Venezuela, por el otro), por lo que sólo nos queda mirar hacia adelante. La pregunta es entonces otra: ¿qué debemos esperar de Dilma y qué debemos pretender de Brasil?

Hipótesis: el interés regional que defiende el Brasil apuesta más a la autonomía regional que al desarrollo regional. Ello porque si bien depende de sus vecinos para mantener márgenes cada vez mayores de autonomía nacional-regional, la región en el plano del desarrollo nacional tiene una función mucho más limitada y específica: alimentar la competitividad brasileña y aumentar el comercio como motor del crecimiento, la gran apuesta del Brasil que viene. Y las bases de dicho interés, donde la autonomía regional es un paraguas conceptual para contener la fragmentación en los proyectos de desarrollo y la diversificación de las opciones de inserción internacional, han sido definidas por el PT. Por supuesto, ello en parte como respuesta a las contradicciones de sus países vecinos, incluido Argentina. 

Segunda hipótesis: si bien Dilma y Marina/Aécio de ningún modo son lo mismo, ni los segundos ganan con quebrar definitivamente el Mercosur ni la primera con salvarlo. El lugar del Mercosur en el interés brasileño ya ha sido definido y, aunque todavía fundamental, es mucho más acotado de lo que queremos asumir.

Nos sirve de pie, para ir delineando el Brasil que viene de la mano de un segundo mandato de Dilma, un texto de la consultora Analytica, citado aquí por el blog El Estadista. Allí se señala que el programa económico de Dilma apuesta a mantener los dos pilares del modelo anterior (la percepción de solidez económica y las políticas sociales), agregando un nuevo e imprescindible pilar: la competitividad productiva, el cual surgiría de un renovado impulso de la inversión en la producción, el consumo masivo y en infraestructura, con el fin de fortalecer el consumo interno. Esto porque hasta ahora Dilma no encontró la solución para reactivar una economía, la cual creció durante su mandato, en promedio, apenas 1,7% anual, menos de la mitad de los resultados de los gobiernos de Lula. Leemos entonces: “El modelo de altas tasas de interés con la consecuente apreciación del real parece haber encontrado un límite. La caída en el precio de las commodities y la apreciación del dólar pueden ser el puntapié inicial para una nueva etapa con el real menos apreciado y una industria más competitiva. Por caso, en lo que va del mes de septiembre la devaluación llegó al 4%. De todas formas el mensaje es claro; Dilma entiende que el mercado interno todavía tiene mucho camino por recorrer y quiere impulsarlo. Ello podría significar un aumento de las exportaciones argentinas”. Coincidimos, al menos en principio. Aunque el mercadointernismo brasileño permitirá la entrada de productos argentinos, las devaluaciones brasileñas complican la competitividad argentina. Y en lo recién citado ambas cosas se entremezclan, mientras que nada se dice acerca del modelo singular que impulsa Brasil para sostener el mercado interno, el cual viene cambiando desde iniciado el siglo XXI.

Al mismo tiempo, leemos un texto de José Natanson de 2010 (hoy actualizado aquí), donde dice que Brasil ha hecho tres transiciones: la política, la económica y la social. Es una forma válida de ver las cosas, aunque para nosotros algo incompleta. ¿Cómo hizo Brasil esa transición social? Saliendo al mundo, abriendo el mundo a las empresas brasileñas mediante poderosísimas herramientas de financiamiento y apoyo político, a cambio de proteger el mercado interno fortaleciendo la oferta mediante el subsidio y la demanda desde la redistribución de la renta. El proyecto de internacionalización de capitales brasileños quizá sea la base fundamental del acuerdo del PT con la industria saopaulista. ¿Cómo resuelve entonces Brasil la ecuación apertura/mercado-interno? Mediante la proyección del liberalismo como ethos del afuera y el desarrollismo como ethos del adentro, que como dijimos propone el Estado logístico. La atracción de inversiones que garantiza el primero complementa a la prudencia fiscal con la que se matiza el segundo a la hora de subsidiar las empresas que saldrán perdiendo con la apertura. Dicha apertura es para Brasil no sólo necesaria porque su enorme mercado interno tampoco le alcanza, sino porque sabe que ese es el precio a pagar para su ingreso entre las naciones desarrolladas que definen la gobernanza global. Pero la apertura en tanto liberalización del comercio tiene un paso previo, aquella internacionalización de capitales, que se sostiene sobre la consolidación de una cultura emprendedora-exportadora que hoy sintetiza el BNDES, y que se complementa con otras herramientas e instituciones innovadoras. Extraordinaria alquimia, que sin embargo debe ser perfeccionada. ¿Quién cree que Marina iba a desarmar esto? O a Petrobrás, para el caso. No terminaría su mandato. Cual Collor de Mello. Que parte de lo generado por el Presal vaya a educación, en cambio, podía esperarse que fuera modificado, sobre todo por Aécio.

Volvemos al texto de Analytica para referirnos a la cuestión del patrón de inserción internacional: “Respecto de la política exterior, Dilma plantea que la prioridad seguirá siendo América Latina, buscando fortalecer el Mercosur, la Unasur y la Celac. En particular, aumentará la integración financiera y de infraestructuras físicas y de energía”. Este párrafo es algo liviano. En Brasil, las nociones de América del Sur y de América Latina, aunque complementarias, van por carriles separados. A su vez, la integración física no sería descuidada por Marina (ni por Aécio) y la integración energética impulsada por Dilma no es tan generosa como se la propone. En tercer lugar, cualquier alegoría al impacto que el neoconservadurismo de Marina/Aécio podría tener sobre la región debiera también asumir que Dilma Rousseff es muy distinta a Lula da Silva, que el Mercosur efectivamente está estancado, que desde el Decreto Héroes del Chaco en 2006 Brasil está revisando su “dependencia” respecto a sus países vecinos, que desde 2007 es aliado estratégico de la UE por sí solo, que en 2008 Brasil ya votó por el programa de liberalización de las potencias desarrolladas en la OMC (una mesa que pateó India), que el proyecto de hacer una área de libre comercio suramericana (ahora con la Alianza del Pacífico, antes con la CAN) es una fija brasileña desde los ’90, que sólo los intentos desestabilizadores que afectaron a la región desde 2008 (Bolivia en adelante) hicieron que Brasil se pusiera al frente del Consejo de Seguridad de la Unasur, y que el Banco del Sur quedó sepultado cuando Brasil apostó al Banco de los BRICS.

Como resultado, el interés regional que ampara el Brasil petista apunta más a la autonomía regional respecto a las potencias hegemónicas que al desarrollo regional con centro en el liderazgo brasileño. Con el detalle de que Brasil puede darse el lujo de combinar autonomía (nacional-regional) e inserción (nacional-global) en un sólo proyecto sin tantas contradicciones, lo que para nosotros es desde todos los sentidos un hecho traumático que todavía no alcanzamos a resolver (por eso empezamos aquí a hablar de un realismo autonomista).

El texto de Analytica señala tres grandes puntos de desacuerdo entre los candidatos brasileños: la inserción económica, la lucha contra la inflación y el rol del Banco Central. En cuanto al primer elemento, insiste: “Si bien el plan de gobierno de Marina comparte la necesidad de profundizar las relaciones dentro del Mercosur y la Unasur, marca como contrapunto respecto del PT aumentar la apertura económica de Brasil. En ese sentido promovería un acuerdo entre el Mercosur y la Alianza del Pacífico con el objetivo de dar un primer paso para avanzar en acuerdos multilaterales y bilaterales con los países desarrollados”. No coincidimos. Porque Dilma también buscará ese objetivo, como lo hizo Lula, cuando en 2003 pedía unificar, con apoyo de Néstor, el Mercosur con la Comunidad Andina de Naciones. El “patrón de inserción internacional” brasileño está signado por un “proyecto nacional-global” que Lula hizo posible y que no se detendrá. La Alianza del Pacífico es el objetivo fundamental no porque sea la panacea que dicen que es y que desde luego no es, sino porque es la cara suramericana que da a Asia. Y si algo condiciona a Brasil al diálogo con sus vecinos es que carece de un territorio bioceánico. La integración con la Alianza del Pacífico ni es nueva iniciativa ni es mala noticia. El rol de Argentina, ya lo dijo Alberto Methol Ferré, es liderar la Suramérica Hispana, que unida puede competir de igual a igual con Brasil. En lugar de ello, queremos que Brasil nos quiera por cómo somos. No se trata de temer que Brasil nos haga firmar con la Alianza del Pacífico. Se trata de ser los protagonistas de ese acuerdo.

En cuanto a las cuestiones del Banco Central y de la inflación, ellas van de la mano. El Banco Central brasileño, dependiente del gobierno pero siempre prudente a la hora de elevar las tasas a la hora de combatir la inflación, es todo un desafío conceptual para nuestro país. Y ello a pesar de que Brasil tiene una cantidad de reservas admirable. Lo que importa es la inflación, como punta de lanza para la revisión del proceso inclusivo que vive Brasil. Marina, o Aécio Neves, vendrían a decir (aunque desde luego no lo dicen) que para alcanzar el crecimiento con estabilidad deben perderse empleos y reducirse salarios (y eliminarse planes sociales), mientras que Dilma vendría a decir que para alcanzar el crecimiento se puede conservar el pleno empleo siempre que Brasil dé un salto en competitividad vía aumento de la productividad (algo muy difícil y que de no ocurrir, encontraría a Brasil en la misma disyuntiva del último lustro, algo que desde luego tampoco dice Dilma). Es decir, el leit motiv de Marina/Aécio es acelerar el crecimiento, pero también el de Dilma, y mientras Dilma apuesta por un salto en la productividad, Marina parece dispuesta a volcarse de forma menos paulatina al modelo capital-intensivo. Por ello están equivocados los neoconservadores argentinos que creen que en Brasil no se juega nada, que no hay política, que Lula ha sido manejado por el establishment paulista-itamarateño. No obstante, tambien están están equivocados quienes creen que Dilma viene a amparar la protección del mercado interno argentino mediante la protección del brasileño. Y ello no tanto porque Brasil ponga su proyecto nacional siempre muy por encima del proyecto regional, como hace, sino porque el proyecto nacional brasileño en sí está cada vez más preparado para la inserción aperturista. Pero apertura traen todos ellos, porque el costo de la apertura Brasil lo puede absorber. Y el lugar de Argentina es limitado para todos, quizá porque el costo de la apertura Argentina no lo puede absorber.

¿Quién es el primer interesado en que Argentina no ingrese en los BRICS? Brasil, señores, no Marina, Aécio o el multimedio O Globo. No podemos seguir esperando que Brasil reconozca en serio nuestro rol en la región y el mundo (y lo fomente), cuando empezamos a tener que competir con Colombia por el segundo puesto de la región. Durante los ’90, como solía decir Lula, Argentina y Brasil competían por ver quién era el interlocutor de EEUU en la región. Ahora ese competidor es Colombia, y aunque Brasil lo hace desde otro signo político y con otros motivos que apoyamos, todo ello cambia las condiciones geopolíticas según las cuales Brasil juzga la importancia relativa de Argentina en la región y el mundo.

También se ha dicho que Brasil, con Marina/Aécio, terminaría con la paciencia estratégica de Lula-Dilma. Desde luego que podría ser mucho mayor la presión, pero ¿qué significaría ello, fundamentalmente para el propio Brasil? Por empezar, hay que hacerse una pregunta: ¿y si la principal función del estancado Mercosur fuera cada vez más geopolítica y cada vez menos comercial: contener a Argentina? Mal que le pese al cirujano Andrés Malamud (que quiere descuartizarlo todo, desde el Mercosur hasta la provincia de Buenos Aires), el Mercosur sirve para contener a Argentina (y eso desde la óptica de Brasil no es poco), que podría bien refugiarse en alguna relación más íntima con alguna potencia hegemónica. Brasil no depende de Argentina mientras que Argentina depende en parte de Brasil, pero el proyecto global brasileño depende en gran medida de que Argentina no se le escape. Una Argentina abandonada, en este escenario, desbalancearía la ecuación geopolítica que Brasil viene criando desde potranca. Porque Argentina no se quedaría de brazos cruzados. O se acercaría a China con mucha mayor convicción o volvería a los brazos de EEUU. Y eso destrozaría el proyecto global de Brasil, así de simple. Pondría en riesgo su semi-hegemonía sobre la región, base de aquel proyecto. De permitir una mucho mayor presencia china en la región, desde luego llevaría a EEUU a fortalecer su presencia. ¿Qué es Colombia, sino un tigre agazapado, esperando shocks de inversiones que lleven sus troyanas bases militares al derrame latinoamericano? El ingreso a la OTAN, esa novela argentina de los ’90, all over again. Brasil lo sabe bien. Si rompe con el Mercosur, introduce en la región la puja china-norteamericana que hará la presión yanqui mucho más insoportable de lo que lo fue la última década. La amenaza de Marina Silva de debilitar el 4+1 del Mercosur para dinamizar la firma de acuerdos interregionales con la UE tiene bastante asidero, pero debe ser matizada en este sentido, más allá de ser una evidente declaración política para capitalizar el descontento hacia Argentina. No obstante, el riesgo siempre existe y no es nuestra intención ser indiferentes.

La gran pregunta, creemos, es de índole geopolítica. ¿Qué tan serio es el sueño brasileño de colarse en un G3 ampliado, junto con EEUU, UE y Japón? Ese G3 discute hoy cuestiones como el TPP o el TAFTA, los llamados “mega-acuerdos preferenciales” (aquí se puede ver un artículo de Felix Peña al respecto). ¿Qué lugar tendrá el Mercosur en este escenario cada vez más complejo? ¿En serio creemos que podemos sostener el estancamiento mucho tiempo más? Pareciera que al mismo tiempo que Brasil alimenta ese sueño mediante el liderazgo de la OMC (aquí un artículo que sugiere que aquellos mega acuerdos complican todavía más el éxito de la Ronda de Doha), seguirá jugando el estilo chino: decirse país emergente hasta que ya no sea posible ni necesario, mientras alimenta el proyecto de los BRICS como base de su revisionismo acotado de la gobernanza global. Es de esperarse entonces que Brasil continúe su estrategia hasta el momento: pivotear entre ambos mundos (en los cuales Argentina brilla por su ausencia). Ese pivoteo no es gratis, por supuesto. Aquí abogo a la hipótesis de gente más calificada que uno, como María Cecilia Míguez y Agustín Crivelli, para quienes si Brasil quiere firmar un acuerdo con la UE, es en buena parte para contrarrestar la tendencia actual con China (y no para dinamizar el peso muerto de Argentina en su economía, agregamos nosotros). Es decir, para frenar el peso de China en su canasta exportadora, que en 2011 volvió a tener predominio del rubro primario, algo que no ocurría desde hace 30 años. ¿Y si entonces volverse sobre la UE es para Brasil defender la industria brasileña? ¿Estamos preparados para aceptarlo?

En una palabra, la diferenciación entre los candidatos brasileños puede ser planteada en distintos niveles: el social, el económico y el geopolítico. Las diferencias posibles entre los sesgos parecen ser mayores más respecto a la cuestión social (redistribución de la renta o concentración económica) que respecto a la cuestión económica (crecimiento vía mayor productividad o vía paso a capital intensivo, una antinomia falsa que debiera suponer caminos simultáneos), a la vez que pueden llegar a diferenciarse más respecto a la cuestión económica que respecto a la cuestión geopolítica. Y aunque la segunda cuestión nos afecta por el modo según el cual se propone relanzar el crecimiento brasileño, la tercera nos tiene en un rol que gravita hacia abajo, en ambos escenarios ganadores.

Volvamos a la cuestión del Mercosur, que como bien señala Marcelo Falak es el otro debate. Si el Mercosur falla hay que resolverlo, no basta agorar contra la ortodoxia brasileña que se diferencia del oficialismo brasileño proponiendo romperlo del todo. Desde que en 2006 Argentina logró el establecimiento del Mecanismo de Adaptación Competitiva, que permite regular el libre comercio bilateral en caso de un desequilibrio importante en algún sector, ¿qué hemos hecho por dinamizar el bloque? Al mismo tiempo, y como dice Aldo Ferrer, no podemos pedirle más al Mercosur de lo que nos puede dar. En esa línea, el diagnóstico de que el mercado interno brasileño no alcanza Brasil ya lo hizo. Empieza por abrir el mercado interno vecino, como supone acordar con la UE, pero seguirá con el suyo. La velocidad distinta, y no el cierre, es la apuesta para volverse competitivos. Desde luego, para la industria argentina no es lo mismo abrir ahora o en cinco o diez años. Pero lo cierto es que Brasil apunta ahora al crecimiento, y eso implica dinamizar la región. La Unasur y el Mercosur se unirán en ese sentido, más tarde o más temprano. El Mercosur se geopolitiza y la Unasur se librecomercializa: las paralelas se cruzan en el infinito de la soñada zona de libre comercio sur. El Banco del Sur, en cambio, no tiene lugar, a menos que Argentina recupere su ahorro, cuestión que también tiene su directa vinculación con el Mercosur. Como dijo el propio Falak, en un interesante intercambio por Twitter con nosotros y Omixmoron: “Con o sin PT, el mejor servicio que Argentina puede hacer al Mercosur es superar su restricción de divisas”. Una Argentina sin dólares gravita mucho menos en la consideración brasileña y acelera los tiempos de la apertura proyectada. Por otro lado, el Consejo de Defensa y la integración energética son, de acuerdo a este interés regional articulado menos en torno al desarrollo que la autonomía, las otras variables sobre las cuales nos cabe volvernos protagonistas en el proceso de integración regional. Cuando Argentina recupere su protagonismo en esta materia (en energía lo hará pronto, en defensa habría que empezar por el principio) podremos volver a entusiasmarnos.

Tercera hipótesis: tomar la victoria de Dilma como una inyección anímica para Argentina, de no conducir a una reformulación de las pretensiones argentinas en la relación bilateral, no hará más que sepultar la posibilidad de una profundización del proceso de integración regional bajo otra capa geológica de épica sin pensamiento crítico. Mejor aprender que nutrirnos, ahora que ya no estamos tan jóvenes. 

Se ha barajado que en 2018 volverá a presentarse como candidato Luis Inácio Lula da Silva. Más allá de la dificultad que supondría asumir un mandato con 74 años, resulta interesante preguntarse por qué esa versión ha servido (como creemos que lo ha hecho) para fortalecer a Dilma. Aunque desde el lado opuesto se planteó que una victoria de Dilma supondría tener que soportar veinte años de gobiernos petistas, lo cierto es que ello parece estar funcionando más bien como una garantía. No es el hastío la energía política central de Brasil. Es el cambio, pero sin hastío. Es decir, un cambio desde arriba es posible. Y la continuidad que asuma el comando del cambio lleva las de ganar. De ello podríamos aprender, tanto más que contagiarnos de la mística que también el hecho propone y permite.

Como cierre, queda decir algo sobre Lula da Silva. Si en efecto fuera cierto que resulta cada vez más difícil que un mandatario brasileño pueda salirse de los cuatro grandes acuerdos nacionales (democracia, moneda, Estado y proyecto global), ello sería en virtud de que van desapareciendo los incentivos para hacerlo. No obstante, ello no por el retiro de la política sino por su consagración. En nuestra opinión, eso significó Lula da Silva, quien sintetizó en un sólo proyecto político lo mejor de Getulio Vargas con lo mejor de Juscelino Kubitschek. Autonomía, populismo, desarrollismo y estrategia global podrían haber sido los cuatro principios de quien fue, en nuestra humilde opinión, el gran estadista en lo que va del siglo XXI. Sólo el estratega Vladimir Putin podría comparársele, al menos hasta la fecha.

La pregunta final, hilando fino, es entonces: ¿qué le debe reclamar Argentina a Brasil y qué puede pretender de su socio estratégico? No atender a lo que realmente está en juego en Brasil, más allá de la elección, es quitarle poder de fuego a ese interrogante.

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5 thoughts on “El interés brasileño que viene y el interés regional que va

  1. Silenoz 5 octubre, 2014 / 5:26 pm

    Si los TLC con la UE son como se dice porái, estos atentarían contra el “desarrollismo como ethos del adentro” que pretenden.

    De todas maneras yo creo que nosotros debemos exigirles que encabezen un proceso industrializador abarcativo y ampliado a la región, sobre todo si el objetivo de Dilma (no cumplido por cierto y por eso quizás re lanzado) es de apuntalar un crecimiento (mayor) fundado en la productividad en base al mercado interno y ampliándolo a Sudamérica. Desde el punto de vista interno el criterio de promover la demanda es básico. Y no lo que estuvieron haciendo de estimular la oferta

    Y desde el punto de vista de su mercado en LA, necesita a su vez crecimiento genuino de dicho países para poder seguir manteniendo sus principales destinos de exportación. Y la única forma (al menos las que conozco) es que dichos crecimientos se asienten sobre inversiones productivas que agregan valor. Si bien no parece ser el proyecto de país (al menos los países andinos) deberían insertarse vía sus empresas por ejemplo, para mostrar los beneficios de “pertenecer o integrarse al club”. Brasil tiene un tejido industrial lo suficientemente desarrollado para vender productos a AL pero NO al resto del mundo, ¿les faltará “Learning by Doing” a pesar de la exitosa síntesis entre el varguismo y kubitschekismo?

    Creo que habría que hacerles notar con mayor fuerza si es que no se dieron cuenta (aunque parece que algunos les preocupa) las apariciones de “Planes B”, creo que Uruguay es uno de los primeros en dar alertas al respecto y en nuestro caso, medidas como el recurrir a swap de divisas con China. O sea no tomaron nota quizás de las necesidades de algunos de sus socios y que dan señales de alerta sobre la centrifugadora.

    Por otro lado me parece que tienen claro que solos no van a poder conseguir el lidrezago mundial que suponen que merecen y, al igual que nosotros, a pesar de su desarrollo industrial todavía deben sortear cierto dejo de “rentismo”, muy peculiar en Sudamérica. Espero que la baja en los precios de los commodities NOS ayuden a profundizar el mejoramiento de nuestras industrias

    Saludos

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    • handicapepe 11 octubre, 2014 / 3:58 pm

      Estimado Silenoz,
      disculpas por la demora en contestar.
      En efecto, Argentina debiera movilizar el bloque en dirección hacia un Mercosur productivo, y reclamarle a Brasil que se ponga al frente de ese proceso. El Mercosur comercial está paradísimo y verla por ahí también limita el potencial de la integración. La clave geopolítica es la única que por ahora funciona. El Mercosur productivo fue una intención que convivió durante la última década con el bloque neoliberal. Bastante de esto dice Briceño Ruiz en este paper: http://www.scielo.cl/pdf/rei/v45n175/art01.pdf
      En cuanto al TLC con la UE, te recomiendo leas el paper de Miguez-Crivelli, que no pude linkear en el texto porque no aparece en web todavía, pero voy a ver si puedo conseguirlo. El link que puse, de todos modos, te dice su nombre y su lugar de publicación. Lo que analiza allí es que algunos sectores industriales impulsan el acuerdo con la UE porque el comercio con Europa tiene más base industrial que el comercio con China, de modo que aunque se pierda superávit, se gana derrame desde el proyecto industrial. Allí está muchísimo mejor planteado, pero la síntesis sirve para plantear que para Brasil el acuerdo con la UE no es tan línealmente asociable a una inserción acrítica en el G3.
      En cuanto a los otros socios, como Uruguay y Paraguay, coincido que habría que permitirles redefinir su rol en el bloque. Hasta ahora solamente alimentamos el proyecto uruguayo de convertirse en una Singapur latinoamericana, punta de lanza de la ruptura del 4+1. Esto no es nuevo, en plena cumbre de Mar del Plata 2005 Uruguay negoció su tratado bilateral de inversiones con EEUU. Pero no hay que castigarla por ello, pues en definitiva todos los que pujaron contra el ALCA lo hicieron por motivos distintos. La clave es fortalecer un proyecto productivo, como señalás. Cómo Argentina puede movilizar esa meta con restricción de divisas? Esa es la gran traba, a mi entender. Pero solucionada ella, tal vez se vea que hay otra traba, más conceptual.
      Gracias por tu comentario.
      Saludos.

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