El Estado innovador, lección para Argentina

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Hipótesis: la consolidación del neodesarrollismo argentino depende en buena parte de configurar una nueva relación entre lo público y lo privado.

Segunda hipótesis: la figura del Estado Innovador, concepto introducido por la italiana Mariana Mazzucato, resulta una valiosa lección a la hora de diseñar dicha nueva relación. Para quienes limitan el rol del Estado a la regulación (mínima), pone en evidencia que se trata de un actor fundamental en el desarrollo de industrias emergentes, la mayoría de las veces en tanto principal inversor y tomador de riesgos, como ocurrió con la revolución tecnológica que hoy sintetiza Silicon Valley. Para quienes reconocen que el Estado es el jugador central en la fijación de reglas y la redistribución de renta, demuestra que aquél debe evolucionar junto al mercado que ayuda a construir, desarrollando formas creativas de garantizar su sostenibilidad, cada vez menos dependientes de los impuestos directos y quizá más vinculadas a la adquisición de porcentajes accionarios, como retorno por su protagonismo en el impulso de consorcios público-privados.

El libro El Estado innovador, de Mazzucato (todavía no traducido al castellano, aquí el link a su versión tana Lo stato innovatore, con varios videos sobre el concepto) promete derrumbar mitos, algo que nos debiéramos acostumbrar a hacer y querer hacer en Argentina: “A la empresa privada se la considera una fuerza innovadora, mientras que el Estado es tomado como una fuerza inercial, demasiado voluminosa y pesada para servir de motor dinámico. El propósito de este libro es desmontar este mito”, afirma la autora, quien se dedica a estudiar la relación entre innovación y crecimiento económico a nivel de la empresa, la industria y la nación.

La charla TED de Mazzucato, que puede verse infra, no tiene desperdicio. Allí se pregunta por qué las empresas “realmente geniales, las innovadoras, las creativas”, las empresas de la nueva economía (Apple, Google, Facebook) están saliendo de un país en particular: Estados Unidos. Para el argentino acostumbrado a responder “expresiones e instrumentos del Imperio”, basta mencionar la siguiente pregunta que se hace Mazzucato: ¿dónde están los Googles europeos? En efecto, no los hay. Europa sigue atrapada en la vieja economía, aun cuando desde Argentina el viejo continente se nos presente como el centro de productos con alto valor agregado. ¿Por qué EEUU, entonces? La respuesta viene fácil, siempre que uno se anime a desarmar la principal falla civilizatoria que mueve a la sociedad, sobre todo a la argentina: el insalvable versus entre el mercado y el Estado.

A continuación recupero cuatro puntos clave de la charla TED, donde sobresale una perla: “lo que realmente me interesa, especialmente hoy en día y por lo que está pasando políticamente en todo el mundo, es el lenguaje empleado, la narrativa, el discurso, las imágenes, las palabras reales”. ¿Teléfono para el relato y para los relatos sobre sus límites? Detalle: el vecino Brasil aparece como ejemplo de Estado innovador.

1. “¿Cuál es el secreto que subyace al modelo de crecimiento de Silicon Valley, que difiere del modelo de crecimiento de la vieja economía? A menudo se nos dice que el sector privado es mucho más innovador porque no se restringe a las convenciones y es más dinámico. ¿Saben cuál será la próxima gran revolución luego de Internet? Dicen “el Estado, debe sentar las bases: financiar la infraestructura, las escuelas, incluso financiar la investigación básica, porque es de público conocimiento que es un gran bien público en el que las empresas privadas no quieren invertir. Pero dejen el resto a los revolucionarios”. Lo que quiero hacer es volver a pensar esta yuxtaposición, porque tiene consecuencias realmente enormes que exceden la política de innovación. Tiene enormes consecuencias, incluso con toda esta idea actual de dónde, cuándo y por qué deberíamos recortar el gasto público y distintos tipos de servicios públicos que, claro, como sabemos, están siendo cada vez más externalizados debido a esta yuxtaposición”.

2. “Sólo piensen en las cosas más revolucionarias que tienen en sus bolsillos, sus iPhones. Pregúntense quién financió esas genialidades revolucionarias, ultracreativas, que tiene el iPhone. ¿Qué caracteriza a sus teléfonos como ‘inteligentes’, en vez de ser ‘tontos’? Es Internet, que uno puede navegar la Web en cualquier lugar del mundo; el GPS, que permite saber dónde estamos en cualquier lugar del mundo; la pantalla táctil que hace que sea también un teléfono fácil de usar para cualquier persona. Eso es lo muy inteligente y revolucionario de los iPhones, y todo fue financiado por el gobierno. Y la idea es que Internet fue financiada por DARPA, el Departamento de Defensa de EE.UU. El GPS fue financiado por el programa Navstar de los militares. Incluso Siri fue financiado por DARPA. La pantalla táctil fue financiada por subvenciones públicas de la CIA y la NSF a dos investigadores públicos de la Universidad de Delaware. Y esto se cumple sector tras sector, departamento tras departamento. En la industria farmacéutica es maravilloso preguntarse sobre lo revolucionario versus lo no revolucionario, porque todas y cada una de las medicinas pueden dividirse según sean revolucionarias (nuevas entidades moleculares con grado de prioridad) o incrementales (pequeñas variaciones de medicamentos ya existentes). Y resulta que el 75 % de las nuevas entidades moleculares con grado de prioridad se financian en laboratorios aburridos, kafkianos, del sector público. Lo interesante de todo esto es que el Estado, en todos estos ejemplos, hizo mucho más que simplemente solucionar las fallas del mercado. En realidad, fue dando forma y creando mercados. Financió no sólo la investigación básica, que, de nuevo, es un bien público típico, sino incluso la investigación aplicada. Fue incluso un capitalista de riesgo. Estos programas, SBIR y SDTR, que dan financiación inicial a las pequeñas empresas, no sólo han sido extremadamente importantes comparados con el capital de riesgo privado, sino que también se han vuelto cada vez más importantes. ¿Por qué? Porque como muchos sabemos el capital de riesgo es de muy corto plazo. Quiere el retorno de inversión en 3 a 5 años. La innovación lleva mucho más tiempo que ese, 15 a 20 años”.

3. “¿Quién está financiando la parte difícil? Claro, no es solo el Estado. El sector privado hace mucho. Pero la narrativa que siempre escuchamos es que el Estado es importante para lo básico, pero que no aporta realmente al pensar de alto riesgo, revolucionario, ultracreativo. En todos estos sectores, desde financiar Internet hasta gastar, pero también idear la visión estratégica de estas inversiones, siempre vino desde dentro del Estado. El sector de la nanotecnología es realmente fascinante para estudiar esto, porque la palabra en sí, la nanotecnología, vino del seno del gobierno. Y esto tiene consecuencias enormes. En primer lugar, claro que no soy una persona anticuada que plantea Mercado versus Estado. Todos sabemos que en el capitalismo dinámico son realmente necesarias las asociaciones público-privadas. Pero la idea es que si constantemente vemos al Estado como necesario pero en realidad, un poco aburrido y a menudo un poco peligroso como el Leviatán, creo que atrofiamos la posibilidad de crear estas asociaciones público-privadas de una manera dinámica. El sector público en estos ejemplos ha hecho mucho más que bajar riesgos. En cierta forma asumió el riesgo. Ha sido quien ha pensado en forma creativa”.

4. “Hay una profecía autocumplida. Al hablar del Estado como algo irrelevante, aburrido, a veces creamos esas organizaciones de ese modo. Por eso tenemos que construir estas organizaciones empresario-estatales. Si el Estado es algo más que un solucionador del mercado, si es un creador de mercado, y para hacerlo ha tenido que asumir riesgos enormes, ¿qué pasó con la recompensa? Internet fue una locura. La probabilidad de fracasar era enorme. Había que estar completamente loco para hacerlo y por suerte lo estaban. Ahora, ni siquiera llegamos a la pregunta de las recompensas a menos que veamos que el Estado asume riesgos. Y el problema es que los economistas piensan a menudo que el Estado recibe impuestos como recompensa. En realidad lo que tenemos que volver a pensar es que quizá debería haber un mecanismo de generación de retorno mucho más directo que los impuestos. ¿Por qué no? Podría ocurrir quizá mediante acciones. Esto, por cierto, en los países que piensan en esto en forma estratégica, países como Finlandia, pero también China y Brasil, están reteniendo acciones en estas inversiones. Sitra financió a Nokia, mantuvo acciones, hizo mucho dinero, es un organismo de financiación pública en Finlandia, que luego financió la próxima ronda de Nokias. El Banco Nacional de Desarrollo, en Brasil, hoy está proveyendo enorme financiación a tecnologías limpias, y acaba de anunciar un programa de 56 000 millones para el futuro, retiene acciones en estas inversiones”.

Nobleza obliga, los aportes de Mazzucato llegaron a nosotros de la mano de Gabriel Rosa, joven diplomático argentino y co-creador de Cartopolíticas. Otra voz ha mencionado su nombre, aunque desde el sector público y en Europa, lo que demuestra que por ambos lados se debe llegar a la misma solución.

En síntesis, la relación público-privado en Argentina necesita un nuevo paradigma. Pensar al Estado estratégicamente supone hacerlo desde este nuevo rol, como uno de los jugadores principales en el mecanismo de creación de valor. A ello apuntamos ya cuando hablamos de la comoditización de la política, de cómo la política se comoditiza cuando no agrega valor. Hacia el nuevo rol del Estado también apuntamos cuando empezamos a hablar del Estado logístico. Hacemos propio lo dicho por Mazzucato: necesitamos tener una teoría más amplia de creación de valor que nos permita admitir lo que el Estado ha estado haciendo y lo que es capaz de hacer (y obtener algo a cambio). 

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