El realismo empetrolado

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Problema: Argentina se ha anotado un éxito diplomático en el plano internacional al liderar lo que se perfila como una futura regulación de un aspecto importante de la arquitectura financiera global, la cuestión de los fondos especuladores. Que ninguno de los países del viejo G3 (ni EEUU, ni Japón, ni Alemania) haya acompañado la iniciativa en Ginebra es un dato, que todos los países de la Unión Europea se hayan abstenido es otro (Gran Bretaña votó como Alemania). En nuestra opinión, lo que realmente está en disputa cuando se habla de revisionismo de la arquitectura financiera sigue siendo el FMI, algo que los vecinos brasileños tienen muy en claro. Sin embargo, se trata de un acierto, sobre todo porque el principal tenedor de los bonos norteamericanos, China, votó a favor de la propuesta de la Cancillería argentina. Desde luego, el hecho mantiene su estela intacta porque se ha destrabado el pago del Citigrup en Nueva York, aunque sea “por única vez“. A la vez que suma porotos a la dieta balanceada de protagonismo argentino en la agenda global del softpower, invita a la oposición a diferenciarse, algo que terminan haciendo mal. Si este fin de semana vimos a Sergio Massa y a Mauricio Macri a destiempo, fue porque eligieron diferenciarse entre sí en torno al estilo de rechazo a la gestión de CFK en la ONU, cambiando el orden de las palabras para casi la misma preposición. Para los presidenciables, es hora de comenzar a despejar las X en sus ecuaciones: ¿cómo van a equilibrar los dos objetivos nacionales de la política exterior argentina: la autonomía y la inserción?

Esto hay dos formas de verlo. La primera, muy válida alternativa, es creer que ninguno de los presidenciables va a proponer una política exterior superadora. La segunda, la nuestra, la difícil, es creer que ellos tampoco van hacerlo. Desde luego, ello porque uno mismo no lo hizo antes. Es que la siguiente pregunta es, en efecto, ¿qué política exterior le quiere dejar el kirchnerismo a sus sucesores? ¿Y qué lugar ocupa el realismo en ella?

Primera hipótesis. El gobierno propone una revisión de la gobernanza global sin plantearse una lógica incremental de los medios de poder disponibles por el Estado argentino en el plano internacional, lo que condiciona fuertemente las posibilidades de éxito de aquel objetivo. Ello puede explicarse como una política exterior donde los componentes idealistas-subjetivistas son predominantes sobre los elementos realistas.

La política exterior argentina durante el kirchnerismo se compone por elementos realistas, idealistas, estructuralistas y constructivistas. No obstante, hay que hacer cierto contraste entre el sistema de creencias de Néstor y de CFK. Para el primero el componente realista era algo mayor, mientras que con CFK vemos que el predominio de una visión idealista-subjetivista se acompaña con ciertos elementos sistémicos y constructivistas que complejizan su base conceptual (se puede acceder a un prezi de Marina Vitelli sobre el constructivismo aquí). Con todo, la política exterior de CFK puede sintetizarse como la apuesta por construir una nueva multilateralidad, base de una gobernanza mundial más democrática, donde Argentina ha de hacerse un lugar importante en una doble virtud: su creciente importancia estratégica, fruto de sus recursos naturales y de variables geopolíticas más favorables hoy que en los ’80 o los ’90, y de sus logros durante la última década, los cuales la proyectarían como un actor con una voz propia a la hora de revisar las instituciones internacionales vigentes y delinear la gobernanza internacional que se aproxima. El propio Canciller, Héctor Timerman, lo sintetiza así en Página12: “Si hay algo por lo que la Argentina es reconocida en todo el mundo es por la ampliación de los derechos”. Esto nos recuerda los planteos acerca de una Argentina proyectada en el mundo como “potencia moral”, intención de Raúl Alfonsín entre 1983-1985, antes de su “giro realista”, meta mucho más asequible ahora que entonces, no sólo por las mayores opciones de inserción interncional, sino por la gravitación exponencial del Papa Francisco, en Argentina y el mundo.

Sin embargo, y sin abandonar por ello estas metas, creemos que Argentina debería optar definitivamente por un paradigma realista para diseñar su política exterior. Para el realismo las instituciones multilaterales, aunque importantes, no son garantía de nada. Son en cambio los fierros (antes las armas, ahora las patentes y los flujos comerciales) las que hacen la diferencia. Se hace poco hincapié en que Lula da Silva dio un giro realista en la política exterior brasileña, terminando con el idealismo de Fernando Henrique Cardoso. Quizá así se entienda mejor cómo construye poder hacia fuera el socio del Mercosur. Fue mucho menos el postneoliberalismo que el realismo el principio rector del nuevo sistema de alianzas brasileño. El paradigma realista (alumbrado por Hans Morgenthau, revisado luego por Kenneth Waltz y mejorado finalmente por Joseph Nye y Robert Keohane), propone centrar las energías de la política exterior en la acumulación de medios de poder en la esfera internacional como mecanismo para apalancar el proyecto de desarrollo nacional (lo que por supuesto implica el crecimiento de la participación nacional en el comercio global como principal credencial). Ahora bien, ¿por qué no es el realismo nuestro paradigma de política exterior?

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Segunda hipótesis: en Argentina, los usos neoliberales del realismo contaminaron al realismo en sí, concepto fundamental para nuestro desarrollo como potencia media emergente. En una palabra, el realismo es un concepto empetrolado por el derrame de los ’90. Las consecuencias de aquella degeneración en “relaciones carnales” del “realismo periférico”, conceptualización introducida por Carlos Escudé, son dos: por un lado, la persistencia de una equivocada asociación entre realismo y entreguismo, por el otro, la trágica disociación entre autonomía e interés nacional. Si bien la política exterior impulsada por el kirchnerismo ha avanzado de forma clara y contundente en la corrección de la segunda consecuencia, re-vinculando interés y autonomía, se ha mostrado más contradictorio respecto a la primera.

Nos sirve de puntapié un texto de 2008, firmado por Francisco Corigliano, donde se atacaba a la política exterior kirchnerista sobre bases erradas, pues no lograba ni ver los méritos de la gestión kirchnerista, que los tenía y tiene, ni dónde realmente residía/reside su punto débil. Por aquél entonces tenía algo de sentido afirmar que la política exterior kirchnerista respondía al concepto de realismo periférico, según el cual toda potencia media cuenta con grados de autonomía que pueden verse disminuidos, dependiendo de sus usos e inversiones adecuados. Hasta el propio Escudé, que ahora recicla su teoría con China como eje, suele decir que los Kirchner tomaron sus ideas sin citar la fuente. Esto porque en diversas cuestiones, como en el caso de la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico, el país adhirió a la posición norteamericana. No obstante, es evidente que se produce un cambio en febrero de 2011, cuando por el gobierno argentino retiene el material bélico que militares norteamericanos intentaron ingresar sin autorización al país. El memorándum de entendimiento con Irán, que desde luego tiene sus costos en política exterior, tampoco podría explicarse desde esta óptica del realismo periférico. Para Corigliano, el kirchnerismo combinaba una variante “pragmática” del realismo y una variante “ingenua”. El primero es el de Escudé, mientras que sobre el segundo decía: “Esta variante es consistente con una noción tradicional de autonomía entendida como libertad de acción de un Estado respecto de los demás actores estatales y no estatales. Según esta noción, un Estado es más autónomo cuanto menos depende del flujo de crédito internacional o de las inversiones extranjeras”. Más allá de la incompletísima lectura de la doctrina de la autonomía, lo más curioso es que, y allí reside el principal error del texto, ninguno de los dos realismos que señala el profesor de la Universidad de San Andrés hacen mención a la palabra “poder”. ¿Cómo puede hablar de realismo sin siquiera mencionar al poder, o los medios para su acumulación? Ingenua es exactamente esa actitud. Lo que ha ocurrido, en realidad, es que al reducir el realismo al pragmatismo se ha vaciado de sentido el concepto, borrando el proyecto acumulador de poder que necesariamente contiene. La autonomía que se declama y no se construye es peligrosa porque no acumula las condiciones de posibilidad. Sin embargo, lo único que allí se atina a ver que la autonomía se identifica con la confrontación como su única razón de ser. Y, como vemos, es precisamente la reproducción de esa secuencia inerte (patrioterismo-confrontación-aislamiento) la que sigue guiando a la oposición.

Si el caso de CFK, en nuestra opinión, se debe en parte a los daños colaterales del realismo periférico de los ’90 (o sus usos), aunque desde luego su sistema de creencias tiene incidencia, en el caso de los presidenciables, aquellos mismos daños parecen abonar el terreno para una renovación, aggionarnada, de aquél planteo inadecuado a nuestras necesidades. No cabe duda acerca de cuál va a ser el destino manifiesto de cualquier gobierno que venga: acumular reservas en el BCRA. Alrededor de esa meta se va articular, simbólica y materialmente, cualquiera de los sistemas de alianzas que cada uno de ellos haya de construir. En tal sentido, no sería novedad un paradigma realista. El problema para y de la política exterior que viene después de 2015 será menos el retorno al realismo que a su adjetivación periférica.

Finalmente, debemos volver sobre una cuestión ya insinuada: ¿por qué los presidenciables debieran empezar ya a mostrar cómo van a combinar los objetivos de la inserción y de la autonomía? Hay que terminar con aquello de que el país no tiene ninguna política exterior. La tiene. Sin embargo, hace falta una política exterior superadora, eso es cierto. Y en nuestra opinión, su demora no puede seguir explicándose como una victoria del corto plazo sobre el planeamiento estratégico. Aquello que es el efecto no puede ser visto como la causa. La principal explicación ya ha sido dicha. La clave la da Alejandro Simonoff, para quien si desde el retorno a la democracia se está en camino a consolidar una política exterior, ello es porque se ha esbozado cierta síntesis entre dos pretensiones históricamente enfrentadas: la autonomía y la inserción. Dice Simonoff: “Las políticas exteriores desde 1983 se construyeron con un interesante juego de equilibrios entre las tendencias autonomistas que privilegiaron a la región, como escenario principal de su agenda, y los de inserción restringida con la potencia hegemónica. Las diferencias entre estas tendencias estuvieron en la elección de su alianza principal. Mientras los primeros apuntaron a generar márgenes de maniobras en el sistema internacional sobre las alianzas con países con similares recursos y valores, los dependentistas continuaron por una política de seguimiento hacia la potencia hegemónica. Obviar algunos de estos lados nos puede llevar tanto a un aislamiento como hacia una inserción excluyente”.

En otras palabras, la principal explicación sería la incapacidad para conciliar las pretensiones de autonomía y de inserción, en tanto claves maximizadoras de dos paquetes en sí antagónicos: modelo de acumulación + paradigma + aliado externo principal. Pero autonomía e inserción son ambos objetivos nacionales, el tema es cómo conciliarlos. Argentina debe acelerar en las curvas que se vienen y los presidenciables debieran animarse a calcular cuál es la relación autonomía/inserción que va a garantizar el mejor peralte.

Dicho esto, si el realismo es la opción más viable para la política exterior argentina, ¿qué realismo es ese? La respuesta aquí.

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4 thoughts on “El realismo empetrolado

  1. Abel B. 29 septiembre, 2014 / 12:26 am

    Gonzalo:

    Como dije en Twitter, estás escribiendo sobre doctrina de las relaciones exteriores, de la política internacional de un Estado.

    Está bien desarrollado, y apruebo el paradigma que vos planteás, el de la escuela realista. Y también comparto tu juicio: la política exterior K – que no es totalmente idealista, por supuesto – padece de un deficit de realismo. Parece medir en forma inadecuada las relaciones de poder.

    Pero precisamente porque tu planteo es ambicioso, obliga a profundizar el análisis: ¿Qué políticas exteriores son posibles? ¿No es uno de los requisitos para conseguir más autonomía el desarrollar poder INTERNO, y no sólo tener en cuenta las relaciones de poder globales?

    Siguen las preguntas: Los presidenciables de la oposición que se han expresado ¿no optan por objetivos de inserción diferentes del que se plantea el gobierno actual?

    Mi punto, entonces, es que las definiciones que pedís sobre política exterior requieren un debate previo: ¿Cuáles son los objetivos… realistas de Argentina hoy? Este no es un debate teórico. Es una puja política en que se enfrentarán concepciones e intereses distintos. Y las elecciones del próximo año son simplemente una instancia de esa puja.

    Creo, además, que falta, hasta como un instrumento en esa puja, de una visión actualizada de los objetivos que Argentina puede plantearse en el mundo actual.

    Tu blog es un aporte en esa dirección.

    Abrazo

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    • handicapepe 29 septiembre, 2014 / 1:12 am

      Gracias Abel, por leer, por los halagos y por la devolución.

      Coincido totalmente que la política exterior no responde a lineamientos abstractos, sino a intereses y pujas materiales bien concretas. Sucede que a veces perdemos oportunidades por no distinguir bien las cosas, ya porque quienes proponen proyectos autonomistas no adoptan paradigmas realistas, ya porque quienes proponen una inserción que reproduce el rol periférico de nuestra economía sí se animan a articularlo desde una mirada realista.

      Prometo ir trabajando los interrogantes que planteás, más allá de que el otro post vaya en esa dirección.

      Abrazo.

      Me gusta

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