Brasil, and beyond the infinite

2001

Hipótesis: más allá de los claros contrastes entre las agendas de Dilma Rousseff y Marina Silva de cara a las elecciones presidenciales en Brasil, los márgenes de acción para que cualquiera de las dos candidatas modifique los aspectos centrales del modelo construido desde el retorno a la democracia son más limitados de lo que se cree. En virtud de ello, resulta más conveniente hablar de sesgos que de diferencias profundas entre ambos escenarios posibles.

Segunda hipótesis: lo anterior es causa y efecto de la madurez del pueblo brasileño, que en los últimos 30 años ha sabido dejarse signar por cuatro grandes acuerdos nacionales: 1) democracia fuerte con fuerzas militares bajo control político (desde 1985); 2) moneda fuerte, con la estabilidad como preocupación central de la clase dominante, aunque con cierto margen de maniobra para definir el gobierno y la dirigencia política el orden de prelación entre los objetivos del pleno empleo y el crecimiento (desde 1993); 3) un nuevo tipo de Estado, el logístico, articulador de una singular relación entre el mercado interno y el mercado externo, que combina la redistribución de la renta y la internacionalización de empresas brasileñas (desde 2003); y 4) un proyecto nacional-global, el cual supone el desafío de conciliar objetivos a veces incompatibles como el fortalecimiento de la gobernanza suramericana y un revisionismo acotado del sistema internacional, el cual depende menos de la profundización del proceso de integración regional que de asumir un rol más activo tanto en instituciones como el FMI y la OMC como en nuevos sistemas de alianza sur-sur como los foros BRICS e IBSA (desde 2003) -sobre este último punto y su relación con el Mercosur, véase aquí nuestro post sobre el interés regional que alimenta Brasil.

Tercera hipótesis: lejos de sugerirse que Brasil ha resuelto el enigma de su esfinge, puede decirse que ha convertido dicho enigma en una mera inquietud, tras haberlo previamente domesticado en forma de interrogante, esto fundamentalmente durante la gestión del PT desde 2003, lo cual nos indica que gran parte de los méritos que aquí se celebran corren por cuenta del partido político actualmente en el poder.

Cuarta hipótesis: la elección presidencial brasileña parece obedecer entonces menos a una cuestión de proyectos que a una cuestión de estilos de liderazgo que, a su vez, nos remite a la cuestión del déficit de representación. En una brevísima síntesis, podría decirse que si Dilma Rousseff aparece como la profundización de un cambio cuyos límites ya se conocen, Marina Silva se muestra como una alternativa que viene a renovar esa promesa de futuro abierto que es la política. En una palabra, los límites de Marina estarían recién por verse, mientras que los de Dilma están sobre la mesa. Todo lo cual pareciera indicar que la gestión actual del PT tiene su principal déficit precisamente en aquello que le permitió llegar al poder en 2003: su capacidad de convertirse en el interlocutor privilegiado del mensaje de cambio necesario. Quizá lo más obvio de todo, el que para Brasil dicho cambio no se agote ni mucho menos en la última década, no haya sido dicho hasta ahora con la contundencia necesaria. En nuestra opinión, el gran problema de las fuerzas políticas que durante la última década conformaron gobiernos de signo popular en la región ha sido querer institucionalizarse para asegurar una sucesión sin problemas. Pero el costo siempre es perder ese carácter temerario que los hace zambullirse en la demanda de cambio para al embarrarse convertirlo en promesa. En tal sentido, el poderoso Brasil no escapa al escenario regional.

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11 thoughts on “Brasil, and beyond the infinite

  1. handicapepe 22 septiembre, 2014 / 12:07 am

    Una versión inicial del mismo post dividía la primera hipótesis en dos para sugerir que las cuestiones donde pueden registrarse diferencias profundas son menos centrales que las otras. Esto se prestaba a cierta confusión, sobre todo en lo que refiere a el impacto que puede tener para Argentina. Lo que se quiere señalar es que los acuerdos consignados en punto II son bastante firmes y que ninguna de las dos candidatas va a salirse de esos cauces. Prefiero hablar de “sesgos” y, desde luego, el peso que cada “sesgo” diferencial que un gobierno brasileño puede tener para un país como Argentina y para el Mercosur es un tema importante. Pero de ahí a considerar que Marina Silva tendrá suficiente margen de acción como para aniquilar el proceso de integración hay un trecho. De cualquier modo, el interrogante está ahí y conviene entonces definir en qué márgenes puede darse ese “sesgo”.

    Esto debiera hacerse tomando ciertos recaudos. Cualquier alegoría al impacto que el neoconservadurismo de Marina Silva puede tener sobre la región debiera también asumir que Dilma Rousseff no es Lula da Silva, que el Mercosur efectivamente está estancado, que desde el Decreto Héroes del Chaco en 2006 Brasil está revisando su “dependencia” respecto a sus países vecinos, que desde 2007 es aliado estratégico de la UE por sí solo, que en 2008 Brasil ya votó por el programa de liberalización de las potencias desarrolladas en la OMC, que el proyecto de hacer una área de libre comercio suramericana (ahora con la Alianza del Pacífico, antes con la CAN) es una fija brasileña desde los ’90, y que sólo los intentos desetabilizadores que afectaron a la región desde 2008 (Bolivia en adelante) hicieron que Brasil se pusiera al frente del Consejo de Seguridad de la Unasur.

    En cuanto a Argentina, en mi humilde opinión, considero que la amenaza de debilitar el 4+1 del Mercosur para dinamizar la firma de acuerdos interregionales con la UE (http://marinasilva.org.br/programa/) tiene más de declaración política para capitalizar el descontento hacia Argentina que de real programa de acción. Allí dice: “Não se chegou nem sequer a testar a real disposição do bloco europeu em reduzir seu protecionismo agrícola, por causa da relutância da Argentina em convergir com os demais membros quanto aos produtos a liberar e ao período de desgravação”. En cierto sentido, el Mercosur sirve para contener a Argentina, que podría bien refugiarse en alguna relación más íntima con alguna potencia hegemónica. Una Argentina abandonada a su suerte bien podría permitir una mucho mayor presencia china en la región. Brasil no depende de Argentina mientras que Argentina depende en parte de Brasil, pero el proyecto global brasileño depende en gran medida de que Argentina no se le escape. Itamaraty esto lo sabe bien. Por otro lado, y según lo creo yo, Brasil no deja de firmar el acuerdo con la UE por Argentina, aunque esto es muy complejo y claro que me excede. Si me apuran, digo que en cierto sentido Argentina le sirve de excusa. Las pujas internas en la clase dominante de Brasil son importantísimas. Abogo a la hipótesis de gente más calificada que yo, como María Cecilia Míguez y Agustín Crivelli, para quienes si Brasil quiere firmar un acuerdo con la UE, es en buena parte para contrarrestar la tendencia actual con China, y no para dinamizar el peso muerto de Argentina en su economía (esto último lo agrego yo). Desde 2011 las exportaciones brasileñas tienen predominio del rubro primario, algo que no ocurría desde hace 30 años.

    En mi opinión, son dos los puntos donde los distintos sesgos pueden tener mayor impacto. El primero es externo y tiene que ver con el modo en que va a conciliar Marina Silva su objetivo de tener una relación más madura con EEUU con el proyecto geoestratégico en torno a los BRICS, algo que parece muy complejo y que estimo supondría la continuación del liderazgo global de la agenda de softpower, aunque ya no con cuestiones vinculadas a la autonomía de los países emergentes, como la autonomía cibernética pretendida por Dilma, como en cuestiones ambientales. Esto, en mi parecer, supondría el reemplazo del realismo de Lula da Silva que Dilma continuó, en lo que sería cierto retorno al paradigma idealista de FHC, que en efecto le supuso estar más cerca de EEUU, pero en su competencia con Argentina por ser el interlocutor norteamericano en la región.

    El segundo punto es, creo, el principal. En su programa afirma: “A reorientação que se impõe consiste, antes de tudo, em definir de forma clara novos focos: o direcionamento defensivo e de proteção do mercado interno deve ceder lugar à inovação e à produtividade”. El primer damnificado podría, como se teme, la política automotriz común con el Mercosur. Con Lula detrás del gobierno, apuntalando el de Dilma o minando el Marina, parece difícil que algo así pueda ocurrir. Como fuera, la cuestión de desmantelar el complejo automotriz no es un debate exclusivo de Brasil. En Argentina el propio Horacio Verbitzky lo puso en cuestión hace poco, para luego descartar su desmantelamiento y apuntar los cañones de la sintonía fina sobre el complejo de Tierra del Fuego. Volviendo a Marina Silva, lo cierto es que de acuerdo a este objetivo, que se muestra como prioritario aunque desarticulado del resto de la plataforma política, el reemplazo de sectores trabajo intensivos por capital intensivos sería la fórmula para su nuevo Brasil, algo que espera lograr con una “nueva política” con poco de política partidaria, todo lo cual supone romper con las bases del esquema del mercado interno y la democracia brasileñas. Dudo pueda avanzar en estas cuestiones. De cualquier modo, el debate por la competitividad no debiera ser privativo de la derecha. Otras “amenazas” del proyecto Silva son mucho menos sólidas. Realmente es creíble que la vayan a dejar desfinanciar el BNDES o frenar el rol global de PETROBRAS? Me resulta muy difícil creerlo.

    Dos cosas son seguras. La primera, que Brasil deja poco margen para proyectos presidenciales mesiánicos, incluso el de Marina Silva. Segundo, que en 2018 el presidente de Brasil será Luis Inácio Lula da Silva.

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  2. Abel B. 22 septiembre, 2014 / 4:24 am

    Gonzalo:

    Tu posteo, y el comentario que añadís, completan un análisis muy bueno de la realidad brasileña. Y no tengo elementos para negar ninguna de tus afirmaciones.

    Sólo… me parece que sobre estimás la estabilidad del sistema. Te reitero, no porque lo que digas no sea cierto, sino porque los desafíos que afronta Brasil son nuevos. La aparición masiva de clases medias “emergentes” para denominarlas de alguna manera, las limitaciones de la industrialización brasileña frente a la competencia asiática, la decadencia relativa de la Unión Europea (que, como señalás, era un “parceiro” clave)…

    Fijate que ninguno de estos desafíos es particular de Brasil. En formas distintas, los enfrentamos en Argentina. En realidad, tienen que ver con cambios globales.

    De todos modos, estoy de acuerdo con vos en valorar la capacidad política de la clase dirigente brasileña. Se la envidio…

    Y coincidimos en una afirmación clave: Brasil necesita de Argentina para ser un actor en el juego global. Así como Argentina necesita de Brasil para no ser irrelevante en ese escenario.

    Abrazo

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  3. handicapepe 22 septiembre, 2014 / 1:47 pm

    Abel,
    gracias por aceptar la invitación al debate. Es correcto lo que advertís. En cierto sentido, el post podría leerse como una especie de fin de historia brasileña. De ningún modo es la intención y en esa clave está armado el tercer punto. Los problemas nuevos que ha de afrontar Brasil son importantes y siempre pueden poner en jaque aquellos aspectos que aquí se señalan como “grandes acuerdos nacionales”. Al mismo tiempo, el impacto que determinado “sesgo” puede tener en aspectos como la prelación entre los objetivos de estabilidad, crecimiento y pleno empleo es enorme para el futuro del proceso inclusivo que vive Brasil y que funciona como la base de la estabilidad político-económico que aquí se sugiere. Creo que el segundo cambio serio que supondría Marina Silva es ese: priorizar el crecimiento sobre el pleno empleo. Su programa, de todos modos, es bastante contradictorio. Como fuera, la idea es señalar que si bien Brasil tiene una vocación indiscutible por incrementar sus márgenes de decisión externa, pareciera que sus márgenes de decisión política interna son el costo a pagar para lograr aquello.

    Abrazo.

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  4. gonzalocarbajal 27 septiembre, 2014 / 2:56 pm

    Me meto por la ventana para mencionar que leyendo la cuarta hipótesis se me ocurrió ensayar un paralelo con Argentina vía un reemplazo de términos, con el debido permiso de la academia que no dejaría que se bastardee tanto una materia de difícil transpolación.
    Quizá sea la distancia a la elección de 2015 (aunque no se si le podemos adjudicar toda la responsabilidad al tiempo), pero no parece claro que el FPV tenga el nombre de quién pueda ocupar el lugar que le adjudicás a Dilma Roussef, más allá de que hay quienes se postulan para serlo.
    Para el otro polo, el sustituto del término “Marina Silva” se presentaría como el único posicionamiento político que permite posibilidades de triunfo, y ahí está la disputa -con matices- entre un +A, un Scioli (en su versión binorma) y Macri como posibilidad de un PRO en alianzas múltiples y diversas depende el distrito en el que fuera.

    Sobre el últmo comentario al comentario de Abel: “el segundo cambio serio que supondría Marina Silva es ese: priorizar el crecimiento sobre el pleno empleo” se me presenta el interrogante de cual sería el soporte político con el cual Marina Silva podría sostener en la calle esas decisiones de escritorio, si el PT decide enfrentarla en ese terreno. En ese caso coincido, Lula 2018 estaría puesto.

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