América del Sur, Desarrollo, Innovación, Inserción estratégica, Política internacional

Donde hay una necesidad, hay una voluntad de poder: sobre el interés suramericano y la inserción estratégica

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Prólogo

La firma esta semana del TPP (o de un primer paso hacia el mismo), uno de los dos “mega-acuerdos preferenciales” que se impulsan hoy desde Estados Unidos como respuesta sistémica al avance chino, tiene su expresión regional: el acceso privilegiado, aunque subordinado, de los llamados “aliados del pacífico” a un anillo asiático que incluye a Estados Unidos y Japón, pero excluye a China. 

La lista de países, acá (la fuente por ahora es Wikipedia, no Wikileaks). Una primera lectura sobre el tema, aquí. Una segunda (la de Stiglitz, citada por CFK), aquí. La explicación de Barack Obama, here (en inglés). 

En cuanto al “mega-acuerdo preferencial”, vale la pena hacer un paréntesis. Es una combinación de la empantanada vía multilateral (a través de las rondas de negociaciones de la OMC) y del largo sendero ascendente de los tratados de libre comercio “plus” (reducidos a algunos países y en base a la proximidad). Lo que haremos acá es definirlos como acuerdos “glocales”, para lo cual recurrimos a un neologismo utilizado en management (“glocal”) a la hora de querer vincular estructuralmente el desarrollo de lo local a la inserción global.

Por lo tanto, podríamos definir al TPP como el mayor acuerdo “glocal”, en tanto vía intermedia entre la estrategia multilateral y la estrategia bilateral en torno a potencias desarrolladas. Esto nos servirá para comprender la diversidad de mesas donde actualmente se negocian los vínculos económicos de privilegio y se definen ciertas regulaciones de carácter trasnacional (que van más mucho más allá que el “libre comercio”). Hay otro acuerdo más de este tipo, entre Estados Unidos y la Unión Europea, actualmente en negociaciones. A su vez, ese segundo acuerdo, más demorado, tiene su expresión regional en los países del Mercosur, aunque las negociaciones se llevan adelante en otros términos. De ahí la demora. 

Dicho esto, la firma del TPP es una expresión perfecta de lo que llamamos “coyuntura crítica en materia de inserción estratégica”. Sobre ambas cosas, el TPP y la coyuntura crítica, volveremos en otras entradas. 

Introducción

Como la principal innovación sistémica que se propone la política exterior argentina para el escenario que viene, marcado por esa coyuntura crítica, es la elección directa de representantes nacionales (y subnacionales) al Parlasur, nos proponemos aquí analizar al “Parlasur dentro del Mercosur”, preguntándonos por la posibilidad de una inserción estratégica en clave suramericana. Y concluimos que, más allá del delicado y adverso momento político en el que se implementa el voto directo (cuando la integración como estrategia de inserción estratégica ya no parece la opción preferida de todas las dirigencias políticas del bloque), este nos plantea una serie de oportunidades y desafíos cuyo abordaje reclama y admite un registro realista y aspiracional.

Para lograrlo, aquí se propone una lectura del Parlasur donde se pone en juego el rol de activos intangibles compartidos, como es el caso del interés suramericano, y se pone el foco tanto sobre los factores endógenos como sobre los factores exógenos que condicionan la estrategia integracionista.

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2015

La naranja conciliarista

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Hipótesis. Si, como dijimos aquí, el intangible que el presidenciable Daniel Scioli ofrece para 2015 es el concilio, el conciliarismo naranja tiene dos vetas: una referida al sentido común, el concilio ecuménico que cree posible la reconciliación entre los proyectos antagónicos de Nación, y la otra referida a un sentido político, el concilio que unifica la iglesia peronista y la iglesia kirchnerista, lo cual supone al mismo tiempo distinguir sus mundos y proponer una concordancia. 

La primera es una variante simple del ecumenismo: la convivencia entre los polos opuestos cuya oscilación permanente desangra a la Argentina, ese provindecialismo que dice ni izquierda ni derecha, ni campo ni industria, ni cambio ni continuidad, todo a la vez, al fin. La segunda es una variante bastante más compleja, referida a una concordancia espiritual-temporal, que podremos atender mejor de vincularla con el movimiento conciliarista que tuvo lugar en Europa a fines del medioevo.

El escenario es Europa a inicios del siglo XIV. La crisis de la autoridad doctrinaria y política del papado viene alimentándose desde la célebre querella entre güelfos y gibelinos, en torno a la disputa entre los dos poderes universales por el Dominium mundi: el Pontificado, apoyado por los güelfos, y el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, apoyado por los gibelinos. Casi tres siglos más tarde, el Gran Cisma de Occidente (1378-1417) desemboca en que tres personas se atribuyen el carácter de papa (¿también entonces, tres papables?). La respuesta a la crisis es el Concilio de Constanza (1414-1418), asamblea ecuménica donde sólo la política y las negociaciones hacen posible la resolución del conflicto, con la elección de un Papa moderado, Martín V, y la postergación de la reforma de la IglesiaEl largo Concilio de Basilea (1431-1449) parte de esta base y va mucho más allá. Cuestiona que la autoridad eclesiástica tenga la última palabra en materia de legitimación del poder temporal y que el poder unipersonal del papado prime sobre el poder colegiado. A la doctrina de la plenitudo potestatis (fortalecida durante el siglo pasado mediante la Bula Unam Sanctam del Papa Bonifacio VIII, en disputa con el rey Felipe de Francia), le opone la teoría ascendente del poder, antecedente de la soberanía popular. Para la primera es la herencia de Pedro, elegido por Cristo para ser la cabeza de la Iglesia, la que demuestra la primacía papal sobre el poder temporal. Para la segunda, el Concilio, en tanto representante de la congregación de los creyentes, es superior al Papa. Entre los conciliaristas, junto a otros notables, descolla Nicolas de Cusa, para quien el mandato divino que unge a Pedro como padre de la Iglesia es garantizar la unión de la Iglesia, pues la Iglesia no es otra cosa que la unitas fidelium (vease aquí). Aunque en un inicio es uno de sus mejores defensores, Cusa termina por rechazar la radicalización del conciliarismo y la idea de una supremacía colegiada. Para él, Pedro había sido elegido para garantizar la unidad entre los apóstoles y evitar la desunión y el cisma en la comunidad cristiana. Su respuesta es la Concordancia Católica, con la cual intenta balancear tanto doctrina y magisterio como los poderes políticos del concilio, del papa y del emperador, creando distintos ámbitos de competencia que, sin superponerse, se legitimen mutuamente (vease aquí y aquí). Se trata, en síntesis, de una racionalización política de la organización social de la Europa dominada por el Imperio y por la Iglesia. 

Volvamos a Scioli, porque quizá Nicolás de Cusa podría ayudarlo a Ernesto Savaglio a exprimir este dilema, el cual comenzamos aquí a reflexionar gracias a conversaciones con la filósofa Victoria Nacucchio, colaboradora de Optimus Subprime. Scioli, en esta variante compleja del concilio, también viene a reconciliar más irreconciliables. Al mismo tiempo que quiere cumplir el rol ecuménico en el plano espiritual (ser el Pedro de la Iglesia kirchnerista), pretende liderar el proceso de dominio territorial en el plano político (ser el Papa moderado del Concilio peronista). Lo interesante es que esto supone una mezcla singular entre las teorías descendente y ascendente del poder, contradictorias en todas las dimensiones salvo, quizá, en la cuadratura peronista del círculo sciolista. ¿Cómo lo logra? Atándose de manos dos veces, gesto máximo del concilio político. Anticipemos el gag facilista: “atándose la misma mano dos veces, mediante un lazo distinto cada vez”. Quizá esta segunda metáfora sea todavía más precisa, pues ante dos Iglesias distintas, la kirchnerista y la peronista, Scioli se proyecta como el presidenciable más dispuesto a ceder voluntariamente poder con tal de llegar a su cúspide, confiado en que la única fortalecida será siempre la Nación o, en todo caso, el sumo Francisco. Por un lado, en tanto heredero del kirchnerismo, siempre fiel a la conducción de CFK; por el otro, en tanto instrumento de aquellos gobernadores peronistas que promueven un Concilio más fuerte que el Ejecutivo nacional.

En una palabra: a la vez que es el candidato natural a suceder a la presidenta, preparado para ello desde siempre y a la espera de su ungimiento (teoría descendente), Scioli puede ya representar una expresión popular, tomando al peronismo como Iglesia, aunque CFK todavía no lo unja (teoría ascendente). Scioli es el heredero de Pedro, que viene a restaurar la plenitudo potestatis, pero es también el candidato de los conciliaristas, que viene a distinguir lo espiritual de lo temporal para hacerlo luego concordar, todo a la vez, al fin. Por eso Daniel Osvaldo asciende y desciende al mismo tiempo. ¿Quizá sea así que conviene leer las encuestas?

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2015

Los intangibles del 2015

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Problema: los presidenciables parecen ya haber identificado la querella fundamental del 2015: cambio o continuidad. Ambos son activos intangibles, es decir, una idea, una creencia o un saber que se promete al electorado. No obstante, al haber tres presidenciables con similares chances, la polarización obvia reclama que complejicemos el escenario mediante una clasificación diferente, menos refractaria de la década pasada, cuyo gran anatema fue en definitiva aquel “Cambio es el nombre del futuro” de Néstor Kirchner, vertido el 25 de mayo de 2003. Y si, en efecto, ¿las fórmulas que combinan los intangibles opuestos cambio y continuidad en realidad pudieran ser referidas a tres intangibles distintos, aunque complementarios, que partieran de esencializar lo que cada presidenciable propone por sí mismo? Antes de ello, veamos qué ecuación cambio/continuidad proponen hasta ahora los presidenciables.

Macri, el boticario de la contuinuidad. A Mauricio Macri le cuesta poco monopolizar el cambio puro, pero si pretende ser opción nacional en este turno y constituirse como fuerza mayoritaria, debe arrimarse a un centro que supondrá abrirle la compuerta a la continuidad: con el sistema político (radicales y peronistas), con la política (pactos y pragmatismo) y con la década kirchnerista (usos y costumbres). Quizá la única forma de hacerlo sin diluir esa identificación de largo aliento con el cambio (la nueva política) sea reinventarse como un administrador de las dosis necesarias del veneno de la continuidad, sabiendo que en buenas dosis el veneno salva al paciente. Las últimas fotos de radicales con Massa hacen pensar que Macri ha preferido cortarse solo en el cambio, algo que creemos se asimila a guardarse en una zona de confort y entropía que sólo sirve si finalmente decide volver a bajarse.

Massa, el botánico de la continuidad. Sergio Massa no puede permitirse que Macri se apropie de la energía del cambio, a la vez que debe domesticar la continuidad que necesariamente representa, por haber formado parte del gobierno kirchnerista y por ser un producto de dicha experiencia. La imagen es la de un jardinero fiel, pero a su propia huerta, sembrando un cambio cuyo sistema de riego exuda continuidad. Dispuesto a mantener un peronismo bonzai si los gobernadores no apuran una definición que estima inevitable, Massa podría cambiar el pie de apoyo y recostarse más sobre el cambio que ofrecen los radicales. De todos modos, este dilema de intangibles bipolares se ha mostrado problemático esencialmente para él, el único que no tiene demanda cautiva ya en el cambio ya en la continuidad. Aunque ha intentado apalancarse en esa fórmula que cambia lo malo y mejora lo bueno, concentra la mayor parte del riesgo y la gimnasia de cambiar el pie de apoyo puede encontrarlo mal parado.

Scioli, el adjetivador de la continuidad. Cuando Daniel Scioli eligió quedarse en el FPV en 2013, eligió también mostrarse como el garante de la continuidad. Pero no es cualquier continuidad, es una continuidad apasionada, que reprime el cambio (rechazando la ruptura) y lo convierte en licencia para maximizar el proyecto original, el kirchnerista hoy y el peronista mañana, de acuerdo a una libre interpretación cuya originalidad todavía no se avizora. En el exceso de castidad, promete, yace el derrame. Esa alquimia no durará por siempre, pues aquella continuidad afectada, llave de la acumulación originaria naranja, sirve más hacia dentro que hacia fuera. El dilema sólo será real, sin embargo, cuando rompa, y sólo si rompe. En ese caso, deberá demostrar que el gesto de la ruptura consuma en sí mismo la energía del cambio.

Resumiendo, este dilema cambio/continuidad sólo le sirve por ahora a quien en el futuro más lo complicará: Massa. Los radicales tienen una función específica que cumplir en dicho dilema, no obstante: agregarle cambio a la continuidad massista y continuidad al cambio macrista. Que esta dosis de radicalismo tercerizado es necesaria para darle algo de contenido a este dilema inocuo de cambio-continuidad lo prueba esta columna dominical, precisamente por el empeño que pone en decir que también Scioli incorporaría una dosis propia para agregarle cambio a su continuidad. Preferimos otro criterio.

Hipótesis. En 2015 estarán en juego tres activos intangibles: proyecto, liderazgo y concilio. El candidato que logre materializar alrededor suyo a los tres vectores, logrará consolidar la mejor fórmula cambio/continuidad, ya no como reflejo de la década que pasa, sino como promesa de la que viene. Cada uno de los tres candidatos con chances de convertirse en presidente materializa, hasta ahora, sólo uno de dichos intangibles. Macri el proyecto, Massa el liderazgo, Scioli el concilio.

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Colaboraciones, Política internacional

Croacia, la frontera y lo emergente

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Por Victoria Nacucchio (Desde Croacia) (https://twitter.com/victoriamoderna)

El 1 de julio de 2013 se produce la octava y última ampliación de la Unión Europea (UE). La República de Croacia, con 22 años de vida, se transforma en el 28vo socio del Estado-continente europeo. Transcurrido poco más de un año de aquel esperado suceso, y a sólo tres meses de las primeras elecciones presidenciales como miembros de la UE, no hay pasaje soviet kitsch que pueda salvar a los croatas de los dilemas de una democracia joven y periférica.

Nuestra primera hipótesis es que la obtención del pasaporte comunitario visibilizó e institucionalizó el desajuste de Croacia respecto de sus pares occidentales, evidenciando la dificultad material de desarrollar una industria nacional sustentable y exacerbando un tono espiritual que tiende hacia la romantización del comunismo. El paradigma de una sociedad compuesta de empleados públicos, propietarios de 1 o 2 ambientes y universitarios ha llegado al final de su desintegración. La apatía política de los más jóvenes, la desconfianza a la dirigencia política (social-demócrata), la llegada de empresas y marcas occidentales -acompañadas por cambios en los hábitos de producción y de consumo-, componen un escenario desconocido para los croatos, acostumbrados al monobloc, la nosnja y el pop local.

Nuestra segunda hipótesis es que los dos principales candidatos a la presidencia no dan cuenta de este desajuste.

El actual presidente, Ivo Josipovic, busca la reelección con el apoyo de la coalición social-demócrata. Proviene de la filas de la Liga Comunista Yugoslava y fue el redactor del primer estatuto del Partido Social-Demócrata (SDP). Su contrincante es Kolinda Grabar-Kitarović, principal candidata de la Coalición Democrática Croata (HDZ), una prestigiosa diplomática de la línea del controversial de Stjepan Mesic, último presidente de la República Federal Socialista de Yugoslavia y dos veces presidente de Croacia. Con un origen común y una agenda política fuertemente determinada por la UE, la diferencia entre ambos candidatos puede buscarse en un nivel estético-ideológico: mientras el actual Presidente apunta a representar un modelo humanista de ciudadano integral (fue profesor universitario y compositor musical), atento a las necesidades locales; la candidata de Mesic es la expresión de una necesaria profesionalización de la dirigencia política croata, con énfasis en las relaciones exteriores del país.

Josipovic identifica su desafío principal a nivel interno: erradicar la desigualdad social, la corrupción y las mafias que fueron propiciadas por la guerra, un programa que sintetiza su lema de campaña de 2009, “Justicia por Croacia”. Aunque el presidente se ha mostrado crítico de la intervención europea en las decisiones políticas locales, estos objetivos, bien alineados con los estipulados por la UE para regularizar la situación de Croacia ante las naciones libres del mundo (o los estándares democráticos europeos), permitieron que Josipovic fuera percibido como el líder capaz de amigar a los croatas con los derechos humanos. Sin embargo, en lo que respecta a la crisis económica, la posición de los social-demócratas es débil. Con un 20% de desempleo, que trepa al 49% entre los menores de 25 años, Croacia se convierte en la tercera impotencia de la UE después de España y Grecia. Si bien la progresiva desindustrialización de Croacia (especialmente en el sector naviero), junto a la mayor parte de las privatizaciones de empresas estatales, tuvieron lugar durante el gobierno de Mesic, Josipovic cargó con el impacto de la crisis de 2008 y ahora paga las consecuencias con la pérdida de imagen positiva en las encuestas.

Del otro lado, el siempre firme conservadurismo croata que personifica Kolinda es percibido como una alternativa segura, que asocia la liberalización de las leyes laborales y la disminución de las cargas sociales al ingreso de inversión extranjera y la generación de nuevos puestos de trabajo. Así, mientras los social demócratas se las ingenian para vender lo que queda del real estate del Estado para llegar con suficiente aire a las elecciones, los conservadores buscan reposicionar a a Croacia como una prestadora de servicios con mano de obra barata para el resto de la UE.

En este escenario, donde ninguna de las dos fuerzas predominantes en el mapa político croata habla de estrategias para el desarrollo o la industrialización, no habrá Youth Guarantee Program que pueda salvar a la dirigencia croata de las demandas de los más jóvenes. La crisis de representatividad que atraviesa a las nuevas generaciones europeas podría alimentar la emergencia de un nuevo actor político en Croacia. Las últimas encuestas señalan como favorito al ORaH, el partido para el Desarrollo Sustentable de Croacia, con casi un 18% de intención de voto. No obstante, no se trata de un partido político nuevo, como en el caso del español Podemos, sino de un desprendimiento del SDP en torno a un liderazgo, el de Mirela Holy, y una agenda concreta, la agenda verde. Líder de este nuevo movimiento que ya obtuvo una bancada en el Parlamento Europeo, Holy no sólo proviene del partido social-demócrata sino que fue ministra de Ambiente del gobierno de Josipovic, pero debió renunciar cuando salió a la luz un email suyo dirigido a un funcionario de una empresa pública, donde le solicitaba que le diera trabajo a alguien desempleado. En una Croacia donde el desempleo arrecia, quizá aquella anécdota funcione como acumulación originaria suficiente para que, sumada a una agenda política novedosa, esté en marcha una alternativa cuya evolución conviene seguir. Será igualmente determinante la manera en que Holy logre conciliar los principios ecologistas que se hallan a la base de su programa político con la repolitización de una juventud descontenta, sorteando el peligro de fogonear el ideal de “vuelta a la naturaleza” que caracterizó a los movimientos anti-sistema surgidos tras la crisis, como los Indignados y Occupy Wall Street

Nuestra tercera hipótesis es que Croacia representa para la UE un ensayo: el de sus fronteras. Al menos tres fronteras parecen contener el proyecto europeo: la del este, con Rusia, mediada por Ucrania; la del sureste, con los pueblos árabes, mediada por Turquía; y la balcánica, mediada en cierta forma por Croacia. Los tres casos son bien diferentes: Turquía parece convenirle más afuera que adentro a Bruselas, Ucrania por fuera permitía mantener un equilibrio de poder que se ha roto cuando se procuró su ingreso, y Croacia ya ha ingresado, a la espera de que la sigan sus vecinas, pues esta frontera eslava está destinada a ser absorbida.

La pregunta que el ensayo croata viene a responder, y que marca el camino para la futura incorporación de Serbia, Montenegro, Albania, Macedonia, Bosnia y Kosovo (situaciones muy distintas, desde luego) es doble. Por un lado, de qué modo los pueblos que integraron la ex Yugoslavia asimilan culturalmente el ideal occidental, democrático y cosmopolita de la UE. Por el otro lado, qué harán los pueblos de ese dilema: mejorar la competitividad europea bajando los salarios de sus trabajadores, o desplegar una agenda propia sobre la base de las oportunidades que brinda el ingreso a Europa.

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América del Sur, Política internacional, Realpolitik

El interés brasileño que viene y el interés regional que va

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Nota: buena parte del presente post es un anticipo de una tesis de maestría en Procesos de Integración Regional (UBA) sobre la actualidad del proceso de integración suramericano. 

Elecciones en Brasil. Los datos de los resultados electorales son tres: 1) a Dilma no le alcanzó para ganar en primera vuelta (41%) y tampoco pudo mantener el 47% alcanzado durante el primer turno de 2010; 2) Aécio Neves (casi 34%) le robó el segundo puesto a Marina Silva (21%), cuyo pacto con el diablo (O Globo, EEUU y la élite de San Pablo) se demostró tan espurio como frágil: cuando comprobaron que no le alcanzaba, como anticipó en la víspera Marcelo Falak, los medios reorientaron el voto útil hacia Aécio; y 3) aunque el resultado final es un escenario cercano al ideal para el PT, que prefería polarizar las elecciones con un candidato nítidamente conservador, la distancia con Neves (8 millones de votos) es importante pero no definitiva, por lo que la segunda vuelta está abierta. De aquí al 26 de octubre veremos entonces a un Lula protagonista, a la caza de la mitad de los votos que capturó Marina y que pueden volcarse a Dilma, lo cual supone, por un lado, seducir a quienes la década petista desempobreció pero cuyas demandas emergentes el PT todavía no logra comprender del todo, y por el otro, descifrar el enigma Marina, preguntándose si allí, antes y además de aquel pacto que la catapultó-y-sepultó, no yacía también cierto electorado desilusionado con el primer mandato Rousseff, pero todavía afín al ideario lulista.

Problema: en nuestro anterior post sobre Brasil, planteamos que no debía esperarse un gran cambio, ni a favor de Argentina si ganara Dilma Rousseff ni en contra si lo hiciera Marina Silva, que por entonces era insuflada desde los medios opositores brasileños como la esperanza blanca del Brasil post-petista. Ello a partir de una pregunta, ¿y si los mayores cambios ya han ocurrido o están en marcha ya? Aquel post, ya en sus comentarios como en posteos ajenos que generosamente nos tomaron como una opinión válida, generó interesantes observaciones sobre la profundidad de la puja política detrás de ambos liderazgos: las respuestas atinadas de Abel, de Pablo desde el camporismo y la reflexión de Luciano Chicone desde el massismo.

Supongamos que en la segunda finalmente gana Dilma, como esperamos que ocurra. La pregunta obvia es: ¿qué puede esperarse en Argentina? ¿Y si la respuesta fuera “no tanto como esperan quienes más temían la victoria de Marina, y en cambio, algo de aquello que, según las mismas voces, Marina iba a traer de haber ganado”? Si en algunos puntos coincidimos con las voces que señalan una profunda diferencia entre Dilma y Aécio Neves (antes Marina), en otros preferimos tamizar. No porque no creamos en el discurso de Dilma, o porque le seamos indiferentes a los riesgos que supone una victoria opositora, sino porque no es intención de este blog alimentar la épica propia con la ajena. Brasil no le debe servir jamás a Argentina para dejar de cambiar en todo aquello que debe cambiar. La épica es como el calcio: de infantes siempre nutre, de adultos a veces indigesta. ¿Acaso tememos que sin Dilma el legado de la IV Cumbre de las Américas de Mar del Plata en 2005 terminaría de liquidarse? En nuestra opinión, las dos condiciones que hacían ese escenario posible ya están terminadas (los liderazgos complementarios de Lula Da Silva, Néstor Kirchner y de Hugo Chávez, por un lado, y dólares suficientes en Argentina y Venezuela, por el otro), por lo que sólo nos queda mirar hacia adelante. La pregunta es entonces otra: ¿qué debemos esperar de Dilma y qué debemos pretender de Brasil?

Hipótesis: el interés regional que defiende el Brasil apuesta más a la autonomía regional que al desarrollo regional. Ello porque si bien depende de sus vecinos para mantener márgenes cada vez mayores de autonomía nacional-regional, la región en el plano del desarrollo nacional tiene una función mucho más limitada y específica: alimentar la competitividad brasileña y aumentar el comercio como motor del crecimiento, la gran apuesta del Brasil que viene. Y las bases de dicho interés, donde la autonomía regional es un paraguas conceptual para contener la fragmentación en los proyectos de desarrollo y la diversificación de las opciones de inserción internacional, han sido definidas por el PT. Por supuesto, ello en parte como respuesta a las contradicciones de sus países vecinos, incluido Argentina. 

Segunda hipótesis: si bien Dilma y Marina/Aécio de ningún modo son lo mismo, ni los segundos ganan con quebrar definitivamente el Mercosur ni la primera con salvarlo. El lugar del Mercosur en el interés brasileño ya ha sido definido y, aunque todavía fundamental, es mucho más acotado de lo que queremos asumir.

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Desarrollo, Innovación, Inserción estratégica

El Estado innovador, lección para Argentina

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Hipótesis: la consolidación del neodesarrollismo argentino depende en buena parte de configurar una nueva relación entre lo público y lo privado.

Segunda hipótesis: la figura del Estado Innovador, concepto introducido por la italiana Mariana Mazzucato, resulta una valiosa lección a la hora de diseñar dicha nueva relación. Para quienes limitan el rol del Estado a la regulación (mínima), pone en evidencia que se trata de un actor fundamental en el desarrollo de industrias emergentes, la mayoría de las veces en tanto principal inversor y tomador de riesgos, como ocurrió con la revolución tecnológica que hoy sintetiza Silicon Valley. Para quienes reconocen que el Estado es el jugador central en la fijación de reglas y la redistribución de renta, demuestra que aquél debe evolucionar junto al mercado que ayuda a construir, desarrollando formas creativas de garantizar su sostenibilidad, cada vez menos dependientes de los impuestos directos y quizá más vinculadas a la adquisición de porcentajes accionarios, como retorno por su protagonismo en el impulso de consorcios público-privados.

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Realpolitik

El Central de los 100 mil palos (santos)

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Problema 2014: nuestro punto de partida no es la renuncia de JC Fábrega a la conducción del Banco Central (BCRA). Tampoco lo es el estado de la deuda, ni la del central, que esta semana igualó el nivel de reservas, ni la externa, que es ahora una variable dependiente. El punto de partida es el monto de las reservas, que también esta semana perforó el “piso psicológico” de los 28 mil millones. Ellas siguen constituyendo la variable independiente fundamental para toda potencia media emergente.

Problema 2015: si bien el imperativo del gobierno que viene estará en la macroeconomía, su virtud se medirá en la muñeca política. Los presidenciables van a recurrir a distintas combinaciones de esfuerzo y entusiasmo, pero en el complejo escenario venidero, las dosis de esfuerzo serán siempre mayores que las dosis de entusiasmo. Si el amor vence al odio cuando el entusiasmo supera al esfuerzo, ¿cómo se le podrá aportar épica a la gestión, si la épica estará por buen tiempo asociada a la prensa negativa del “relato”?

La cuestión la épica no es la única que estará condicionada. La política como metástasis virtuosa de los lenguajes y saberes argentinos será sometida a una biopsia de resultado dudoso. A ellos se agrega un tercer problema: el tiempo tampoco será un tiempo cualquiera. La apuesta por Vaca Muerta como empresa ancla del neodesarrollismo argentino (y leit motiv de las promesas de derrame de inversiones por venir) no empezará a ver sus frutos hasta la década que viene y lo inmediato será lidiar con el angostamiento distributivo, con el aliciente de que la carga de la deuda (1.500 millones de dólares por año) no es tan gravosa. En todos los casos, los liderazgos se verán contrastados con la habilidad para gestionar dos tiempos como si fueran simultáneos: por un lado, un tiempo de austeridad, que deberá ser gobernado, por otro lado, un tiempo de promesa, que deberá ser liderado.

El temor es que, para soldar la fractura entre ambos tiempos y resolver la ecuación esfuerzo-entusiasmo con una épica condicionada, retornemos al clásico ejercicio de destrucción creativa que suele implementar cada nuevo gobierno argentino respecto al anterior. ¿Y si el factor diferenciador estuviera en la habilidad para vincular, en un sólo objetivo dinámico, el esfuerzo del aquí y ahora con un entusiasmo puesto hacia delante? La salida pareciera estar en trasladar la atención de la sociedad a una meta tan técnica como política, tan cuantificable como sagrada.

Hipótesis: la única meta que se presenta tan técnica como política, tan cuantificable como sagrada, es el ahorro nacional.

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